Polarización democrática e ideología: no vamos todos en el mismo barco

Patera versus yate de lujo / JA COBEÑA

Sevilla, 27/IX/2026 – 13:39 h CET (UTC+2)

Ante el clima político e irrespirable en nuestro país, en el momento que escribo estas palabras, con el problema de la vivienda, muy visible desde el desahucio reciente de Maricarmen Abascal, como gota que rebosa el vaso de la desesperación de quienes lo sufren, el desastre social en Ceuta por la entrada masiva de migrantes, por ejemplo Fatna, junto a su hijo discapacitado, no invasores, así como la alarmante infrafinanciación del sistema educativo español, en su vertiente pública y en todos los niveles, a título de indicadores clave de esta situación, entre otros, que muestran una tensión que rompe a diario la convivencia necesaria en democracia, creo necesario aclarar que la polarización social que existe en la actualidad, hay que encauzarla por el único camino viable en democracia, reforzando las ideologías que defienden el bien común, el interés general, frente a las derechas extremas y ultraderechas neofascistas, sabiendo que detrás de todo esto hay siglas políticas y que todas no son iguales. No hay que hacer grandes investigaciones sociales para darse cuenta de que el país camina ya por derroteros antidemocráticos, no inocentes por cierto, con una agresividad acusada que hay que reconducir con urgencia absoluta.

En el año 2023, la Fundación del Español Urgente (FundéuRAE), promovida por la Real Academia Española y la Agencia EFE, escogió polarización como la palabra del año 2023, entre otras once candidatas, amnistía, ecosilencio, euríbor, FANI, fediverso, fentanilo, guerra, humanitario, macroincendio, seísmo y ultrafalso: “El término polarización se ha impuesto al resto de las candidatas debido a su gran presencia en los medios de comunicación y a la evolución de significado que ha experimentado. En los últimos años se ha extendido el uso de esta voz, que está recogida desde 1884 en el diccionario académico, para aludir a situaciones en las que hay dos opiniones o actividades muy definidas y distanciadas (en referencia a los polos), en ocasiones con las ideas implícitas de crispación y confrontación. Es habitual encontrar en los medios ejemplos que aluden a diversas formas de polarización, a nivel mundial: la polarización de la sociedad, de la política, de la opinión pública, de las posturas en las redes sociales, etc. Y es que tanto el verbo polarizar como su correspondiente sustantivo polarización se utilizan con frecuencia para expresar la idea de división en dos bloques, posiciones u opiniones enfrentadas. Según el Diccionario de la lengua española, “polarizar” es, entre otras cosas, ‘orientar en dos direcciones contrapuestas’, y en el Diccionario esencial se ofrece el siguiente ejemplo: La guerra polarizó la sociedad. Además de su interés lingüístico, el otro motivo para la elección de este término ha sido su elevada presencia en los medios de comunicación durante los últimos meses. Aplicada a la política y al ámbito ideológico, al mundo deportivo, al debate en las plataformas digitales y, en general, a cualquier escenario en el que sea habitual el desacuerdo, la polarización se ha extendido a lo largo de 2023”.

En ese contexto de reconocimiento lingüístico y su más allá, recuerdo que en el mes de abril de ese año publiqué en este cuaderno digital un artículo, La polarización es necesaria en la ideología democrática: todos no somos iguales, ni vamos en el mismo barco, en el que intentaba explicar que la palabra no era inocente desde el plano ideológico y de compromiso ciudadano, responsable y digno. Por este motivo y coincidiendo con la situación política actual, vuelvo a publicar aquellas palabras, porque me quedan aún, polarizado ideológicamente de forma consecuente ante la situación actual, como respuesta activa al ocaso de la democracia.

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La polarización es necesaria en la ideología democrática: todos no somos iguales, ni vamos en el mismo barco

Por si faltara poco para el debate político sano, ha saltado a la palestra política otra palabra, polarización, que conviene descubrir en su justo sentido y sacarla de las interpretaciones erróneas en las que se confunde a la sociedad a sabiendas de lo que se hace. Como lo primero es lo primero, ateniéndonos al correcto significado del vocablo, conviene señalar que “polarización” es la acción de concentrar la atención o el ánimo en algo y de orientar en dos direcciones contrapuestas, como dos acepciones principales de diccionario que se sitúan fuera de los fundamentos físicos que la rodean. En política, ha alcanzado unos niveles muy preocupantes, porque de la simple discrepancia en las creencias e ideologías políticas se ha pasado a la crispación mantenida en el tiempo y casi sin barrera alguna para encauzar los enfrentamientos que provocan, siendo una realidad alarmante que la llamada polarización política ya está en la calle desde hace tiempo, sin mezcla de entendimiento alguno.

En 2019 se publicó un estudio por expertos de la Universidad de Princeton y de Jerusalén, Cómo la ideología, la economía y las instituciones dan lugar a la polarización afectiva en las políticas democráticas, en el que se señalaba que España figuraba en primer lugar en el ranking de polarización afectiva en relación con partidos contrarios, en 20 democracias occidentales entre 1996 y 2015, incluyendo por primera vez en la comparación a los Estados Unidos, dándole un valor medio de 7,34 en la escala de 0 a 10, donde 10 denota máximo disgusto y 5 denota sentimientos neutrales hacia ese contrario, casi siempre relacionado este dato con la realidad del desempleo y a las políticas laborales de cada país en concreto. A España siguen Grecia, Francia y Canadá, por más señas de identidad de este patrón tan curioso pero real en la vida de este país. Una conclusión importante del estudio es que aflora siempre el debate sobre el papel que desempeña la polarización ideológica de las élites políticas de los partidos y su influencia en la conducción de la polarización afectiva a nivel de masas, en una correlación de responsabilidades dignas de un nuevo estudio.

En este contexto, he leído un artículo extraordinario de Joan Coscubiela, La polarización refuerza la democracia, con una entradilla que no deja lugar a duda alguna, llamando a la polarización por su auténtico nombre: “Eso que se presenta como mayor polarización es a mi entender la vuelta de la ideología a la política. Lo que erosiona la democracia no es la polarización, sino la indistinción política entre los diferentes partidos”. Intenta recuperar en su artículo el autentico sentido de esta palabra, polarización, porque no es inocente: “Algo de eso está pasando con “polarización”. La usamos para referirnos a cosas tan distintas que, para explicarnos, tenemos que acompañar al substantivo con una infinidad de adjetivos –ideológica, partidista, afectiva, emocional, cotidiana–. Además, la polarización nos sirve como el “pharmacos” al que colgarle la culpa de todo lo que no nos gusta o nos produce desazón. Algunos incluso la utilizan para canalizar su melancolía –nostalgia de lo que nunca existió– de tiempos pasados donde supuestamente reinaba la armonía social y política. En su libro Polarizados –cuya lectura recomiendo–, Luis Miller utiliza los datos del CIS para constatar que la sociedad española está hoy más dividida. A partir del seguimiento de preguntas que se han ido repitiendo durante 30 años detecta un aumento significativo de la polarización de opiniones entre los votantes de diferentes partidos”.

Lo que verdaderamente me ha emocionado del artículo citado es cuando afirma sin ambages que “Lo que erosiona la democracia no es la polarización, sino la indistinción política entre los diferentes partidos”: “Eso que se presenta como mayor polarización es a mi entender la vuelta de la ideología a la política. A partir de una obviedad, en nuestras sociedades existen conflictos de intereses entre diferentes sectores sociales y diversas maneras de abordarlos. Los hay sobre el modelo relaciones laborales o el salario mínimo. Sobre la consideración de la vivienda como un derecho humano o un producto financiero. Sobre el papel del Estado y el mercado en la economía y la sociedad. Sobre los derechos civiles de las minorías. Sobre las políticas de acogida de la inmigración. O sobre la igualdad de género. En definitiva, sobre el modelo de sociedad. En mi opinión esta polarización ideológica no solo no debilita la democracia, sino que la refuerza. Lo que erosiona la democracia no es la polarización, sino la indistinción política entre los diferentes partidos”.

Creo, por tanto, que estamos de enhorabuena si sabemos encauzar la polarización ideológica, porque todos no somos iguales, la política y políticos tampoco y así hasta el infinito de ejemplos. Lo que ocurre es que necesitamos identificar bien esa no igualdad, algo que muchas veces he definido en este cuaderno digital como una forma de saber en qué barco viajamos por la vida, en aforismos que vienen al caso, porque todos no vamos en el mismo. Asimismo, es importante destacar algo que explica muy bien Coscubiela: “Por eso no deberíamos identificar la polarización ideológica con las dinámicas de crispación organizada. Confundirlas es una estrategia que alimenta la extrema derecha y sus portavoces mediáticos para diluir sus responsabilidades. Pretenden hacernos creer que todos los partidos o medios de comunicación son igualmente responsables del clima de crispación. Y no es así.

En tiempos de polarización política, pensamiento único, deserciones políticas, corrupción, desencanto con casi todo lo que se mueve, justificaciones imposibles, desafección del compromiso social y mala prensa del sector público, es fácil iniciar conversaciones en las que los que piensan de forma diametralmente opuesta a nuestras convicciones suelen rematar la faena dialógica diciendo con sonrisa sarcástica algo que me enerva: al fin y al cabo, da igual lo que estamos discutiendo porque estamos diciendo lo mismo. Por si había alguna duda sobre este aserto tan vano, agregan un estrambote final más impresentable todavía: es que todos vamos en el mismo barco. No. Hay que huir como de la peste de las personas que opinan de esta forma con maniobras envolventes, querulantes, para agregarnos al Club de los Tibios e Indignos, que todos los días fletan barcos de desencanto y conformismo, porque no soportan verte en la cola del Club que está siempre enfrente: el de las Personas Dignas, siempre abierto, sobre todo para los que navegan en patera, en mares sociales procelosos y no suelen tirarse al mar cuando la sociedad en general va a la deriva.

Estamos viviendo en un mundo con una clamorosa ausencia de valores y, sobre todo, de ética, tal y como lo aprendí de un maestro en el pleno sentido de la palabra, el profesor López Aranguren, cuando la definía como el «suelo firme de la existencia o la razón que justifica todos los actos humanos», que tantas veces he abordado en este cuaderno digital. Estas razones nos obligan a dejar los supuestos puertos seguros y comenzar a navegar para intentar descubrir islas desconocidas que nos permitan nuevas formas de ser y estar en el mundo. Navegamos en mares procelosos de corrupción y desencanto, en los que cunde el mal ejemplo de abandonar el barco metafórico de la dignidad, con la tentación de que el mundo se pare para bajarnos o arrojarnos directamente al otro mar de la presunta tranquilidad y seguridad existencial. Se constata a veces, en esa situación, que falta ya mar para acoger a todos los que se tiran a él, un mar repleto de desertores de la dignidad. Lo he sintetizado alguna vez en un aforismo claro y conciso, para personas “polarizadas”, sobre todo en estos días preelectorales: A veces, falta mar para recoger a todos los que se tiran del barco… A veces, falta barco para recoger a todos los que se tiran a ese mar…

Todos no vamos en el mismo barco de la indignidad, del desencanto, de los silencios cómplices, del conformismo feroz, del capitalismo salvaje, de la desafección social, de la no polarización ideológica por el qué dirán. Eso no es así ni lo admito con carácter general, porque todos no somos iguales: unos van en magníficos yates y otros, la mayoría, en pateras.

Es probable que a estas pateras éticas y llenas de dignidad y esperanza, que tienen suelo firme pero no quilla, como la cáscara de una nuez, no suban nunca quienes no están interesados en que el mundo mejore, porque los poderes fácticos que dirigen y protegen la maquinaria de la guerra en cualquier lugar del mundo, el terrorismo de cualquier cuño, así como a los tristemente famosos hombres vestidos de negro, deciden desde hace ya mucho tiempo el funcionamiento y los altibajos del ecosistema económico, financiero y ético mundial, desde un rascacielos en Manhattan, a través de portátiles y teléfonos inteligentes. Ellos viajan en barcos privados, en cruceros del mal, que no surcan nunca estos mares de patera, para ellos procelosos.

Lo que detesto también es el abandono de la lucha en situaciones difíciles, como las que estamos atravesando ahora, en las que aquellos que estaban a veces con los que deseamos estos cambios urgentes en las políticas mundiales, europeas y nacionales, se arrojan a un mar en el que cada vez hay menos sitio, porque dicen que esto no tiene remedio. Lo paradójico es que cuando se avance en la búsqueda de soluciones surcando mares diferentes que posibiliten otro mundo mejor, falte ya sitio o barco, según se mire, para recoger a los que en tiempos revueltos se tiraron al mar porque nunca quisieron buscar otras alternativas a este mundo que no nos gusta. Es cuando tiene sentido seguir viajando en las pateras éticas que hacen singladuras difíciles y comprometidas con la sociedad que menos tiene, con un cuaderno de derrota (en lenguaje del mar) que lleva a localizar las islas desconocidas que tanto amaba Jose Saramago: si no salimos de nosotros mismos, nunca nos encontraremos. Lo importante es viajar hacia alguna parte, buscándonos a nosotros mismos y, a veces, en compañía de algunas y algunos, los más próximos y cercanos. Al fin y al cabo, tal y como finalizaba su cuento de la isla desconocida, buscando siempre puertas de compromiso más que las de regalos o peticiones sin causa, viajando en pateras de dignidad.

Todo lo anterior es lo que me lleva hoy a unirme a lo que afirma Joan Coscubiela en su excelente artículo: “Quizás la polarización ideológica, que canaliza los conflictos que surgen de los diferentes intereses sociales en juego, no solo no debilita la democracia, sino que la refuerza. Y en cambio, la polarización que se hace acompañar de gregarismo, hooliganismo o crispación la corroe. De momento y a la espera de la publicación del libro de Gonzalo Velasco “Pensar la polarización”, continuaré leyendo y escuchando para intentar comprender la complejidad del fenómeno”. Gracias, Joan. Eso haré.

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¡Paz y Libertad!

Otoño 2026 / y 6. La generación Cafrune: aquí, allí y allá

Jorge Cafrune (1937-1978)

Sevilla, 26/IX/2026 – 08:58 h CET (UTC+2)

Pertenezco a la generación que oía diariamente, en mis años jóvenes, al cantor argentino Jorge Cafrune, solo o acompañado por la tutela del Régimen, sobre todo una canción, No soy de aquí ni soy de allá:

No soy de aquí ni soy de allá
No tengo edad ni porvenir
Y ser feliz es mi color de identidad

Cantábamos con coros llenos de alegría por alcanzar la libertad en un país imposible. Hoy, cuando finalizo esta serie dedicada a Ángel González, abro el libro de sus poemas dedicados a los Otoños y leo el último dedicado a la identidad libertaria, Aquí o allí, como un testamento vital al formar parte de su último libro:

Quién es el que está aquí, y dónde:
¿dentro o fuera?

¿Soy yo el que siente y el que da sentido
al mundo?
¿O es el secreto corazón del mundo
-remoto, inaccesible-
el que me da sentido a mí?

Qué lejos siempre entonces ya de todo,
incluso de mí mismo;
qué solo y qué perdido yo,
aquí o allí.

Ángel González (1925-2008)

No la toco ni la interpreto más, porque así es la poesía de Ángel González, su vida. Un ejemplo para no olvidarlo. Vuelvo a escuchar a Cafrune porque me sirve para seguir luchando por la libertad compartida no siendo de aquí o de allá, solo y perdido en un mundo diseñado por el enemigo, siguiendo la palabra sabia de Juan Cobos Wilkins, un poeta entrañable que conoce bien el corazón de la tierra, de este loco mundo al revés.

Gracias por haberme acompañado hasta aquí, lector, lectora, en este otoño, caminando hacia un desconocido allá, el secreto corazón del mundo.

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Otoño 2026 / 5. Resquicios de melancolía

Joan Manuel Serrat, Balada de otoño, 1969

Sevilla, 25/IX/2026 – 08:48 h CET (UTC+2)

Otoño es una estación propicia para la melancolía. Estudié esta realidad psicológica durante mis años de juventud, donde la vivía como algo muy distante en el tiempo. Hice trabajos de investigación sobre esa realidad que va y viene muchas veces a lo largo de la vida. La pérdida de la luz, cada día un minuto por hora, hace que el tiempo de esplendor lumínico se acorte y todo se prepara para recibir el invierno y su cruda realidad.

El otoño de nuestras vidas es un libro escrito en la memoria de secreto. Decir otoño es decir algo que solo se aprende de la naturaleza: las hojas caen, el frío aparece como por ensalmo, el tiempo se acorta para disponer de luz aunque la llevemos dentro y la lluvia aparece y se ausenta peligrosamente a capricho del cambio climático ordenado por el ser humano.

Ángel González cuenta que nació en 1925: “El escenario y el tiempo que corresponden a mi vida me hicieron testigo de innumerables acontecimientos violentos: revolución, guerra civil, dictaduras. En muy pocos años me convertí, de súbdito de un rey, en ciudadano de una república y, finalmente, en objeto de una tiranía. Regreso, casi viejo, a los orígenes, súbdito de nuevo de la misma Corona. Me acostumbré muy pronto a quejarme en voz baja, a maldecir para mis adentros, y a hablar ambiguamente, poco y siempre de otras cosas; es decir, al uso de la ironía, de la metáfora, de la metonimia y de la reticencia. Si acabé escribiendo poesía fue, para aprovechar las modestas habilidades adquiridas por el mero acto de vivir”. Quizá, al leer su poema Estampa de invierno, formando parte de uno de sus Otoños, comprendo perfectamente que su memoria esté desquiciada:

Mientras yo en mi yacija como es debido yazgo
arropado en las mantas y las evocaciones
de días más luminosos y clementes,
por no sé qué resquicio de mi ventana entra
un cuchillo de frío,
un gris galgo de frío
que se afana en mis huesos con furia roedora.

No es de ahora, ese frío.
Viene desde muy lejos:
de otras calles vacías y lluviosas,
de remotas estancias en penumbra
pobladas sólo por suspiros,
de sótanos sombríos
en cuyos muros reverbera el miedo.

(En un lugar distante,
trizó una bala
el luminoso espejo de aquel sueño,
y alguien gritaba aquí, a tu lado.
Amanecía.)

No.
No está desajustada la ventana;
la que está desquiciada es mi memoria.

Hoy, en mi otoño particular, he recordado también las ventanas desvencijadas de mi vida y me he dado cuenta de que el frío que ha entrado en determinados momentos y que he pasado en algunos otoños vividos, son los de la soledad sonora que rodea nuestros pasos, poniendo a funcionar la moviola de la intrahistoria de cada uno. Sobre todo la de aquella absurda guerra civil que tanto afectó a mi familia. La que recordaba perfectamente Ángel González en su trayectoria vital, en este poema.

No ha sido fácil en este país haber vivido una conversión, no paulina en la forma de ser y estar en el mundo, siendo sucesivamente súbditos de un rey, ciudadanos de una república y, finalmente, objetos de una tiranía. Memoria, bendita memoria que se abre hueco a veces en el canto triste de la melancolía.

A pesar de todo, hoy ha amanecido para otoñar de la mejor manera, muy cerca de Ángel González, que no es poco.

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Otoño 2026 / 4. Este cielo, en la hora malva

LA HORA MALVA

…Me bastó con dar un paso dentro de la muralla para verla [Cartagena de Indias] en toda su grandeza a la luz malva de las seis de la tarde, y no pude reprimir el sentimiento de haber vuelto a nacer…

Gabriel García Márquez,  en Vivir para contarla.

Sevilla, 24/IX/2026 – 08:27 h CET (UTC+2)

En la hora crepuscular, malva, tan querida por Gabriel García Márquez, comprendo bien un mensaje implícito en unos cuentos suyos preciosos, peregrinos: caminamos hacia alguna parte, aunque a veces vayamos del timbo al tambo, como desorientados por la incertidumbre de lo que nos pasa en la vida, para comprender lo que solo se puede alcanzar en una disciplina de silencio y de encuentro con nosotros mismos, para responder a situaciones, preguntas y fracasos humanos y sociales que no alcanzamos a entender nunca.

Inexorablemente, los días terminan apagándose lentamente y el otoño deja siempre un minuto atrás, día a día, quitándonos luz casi sin darnos cuenta. ¿Luz malva? Leo a Ángel González, en un poema dedicado al Otoño, Este cielo, un cielo muy concreto:

El brillo del crepúsculo,
llamarada del día
que proclama que el día ha terminado
cuando aún es de día.

El acorde final que,
resonante,
dice el fin de la música
mientras la música se oye todavía.

Este cielo de otoño,
su imagen remansada en mis pupilas,
piadosa moratoria que la tarde concede
a la débil penumbra que aún me habita.

En este cielo de otoño, de minutos robados a la luz, día a día, sigo dando vueltas por este loco mundo al revés, caminando desde mi corazón a mis asuntos (Miguel Hernández, dixit), viviendo momentos políticos muy delicados en este país, porque aunque algunos se empeñen en lo contrario, no todos vamos en el mismo barco. Suelo decir que navego casi siempre en patera, al lado de algún barco fletado para orientar a la “Isla Desconocida” de Saramago, una patera sin quilla, insegura, pero con Norte. Un barco en el que me suelo sentar en la amura de babor ideológico al que tanto quiero, porque no todas las ideologías son iguales, porque tampoco todas y todos somos iguales, porque no me da lo mismo lo que pasa cada día. Porque no todo es mercancía y mercado. Porque no hay que confundir permanentemente valor y precio. Porque el otoño nos avisa con rigor que la luz democrática, como la nave de Fellini, se va, en un ocaso programado por las fuerzas del Mal, el neofascismo que avanza por tierra, mar y aire.

No es lo mismo, no es lo mismo…, en una piadosa moratoria que la tarde concede
a la débil penumbra que aún me habita. De color malva, por supuesto.

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Los niños y niñas del Polígono Sur, en Sevilla, saben cómo mejorar su colegio

¿Ciego a qué?
No a la luz:
a la vida.

Ángel González, en Otoños y otras luces. I. Ciego

Sevilla, 23/IX/2026 – 13:39 h CET (UTC+2)

Se inicia hoy el otoño en Sevilla, acompañado de forma especial por el poeta Ángel González, con una buena noticia que da luz a este mundo ciego y al revés: los niños y niñas del Polígono Sur, en Sevilla, saben cómo mejorar su colegio, con respuestas concretas y factibles que se han obtenido a través del proyecto Juega, crea, crece. Un espacio para todos y todas en Andalucía, una iniciativa impulsada por la ONG Educo, con el apoyo de Deloitte, que se ha llevado a cabo en cinco centros educativos del Polígono Sur, en Sevilla, “para hacer de la escuela un lugar todavía más seguro, participativo y protector. […] Durante meses, grupos de niños y niñas —los llamados grupos motores— observaron cómo se vivía el tiempo del mediodía en sus escuelas. Detectaron qué funcionaba, qué podía mejorar y debatieron entre ellos hasta decidir qué propuestas querían poner en marcha. Aprendieron a escuchar, a dialogar, a llegar a acuerdos y a defender sus ideas”.

El resultado de este proyecto ha sido directamente proporcional al número de colegios que han participado en el mismo: cinco colegios, cinco soluciones diferentes: “En el colegio Fray Bartolomé de las Casas nació una ludoteca pensada por el propio alumnado. La llenaron de juegos, libros, cocinitas y materiales para que el tiempo del comedor fuera más agradable. “Todo lo hemos hecho para los niños del comedor, para que haya un montón de cosas divertidas”, cuenta una de las alumnas durante la inauguración. En el colegio Andalucía, por su parte, decidieron organizar un día de cine para favorecer un ambiente más tranquilo durante el comedor, mientras que en el Manuel Giménez Fernández apostaron por transformar y decorar el espacio del mediodía. Por último, el alumnado del colegio Manuel Canela decidió organizar una fiesta del agua, y en el Paz y Amistad idearon uno de los proyectos más originales: el kit de la calma”.

Lo que más me ha llamado la atención es la idea de este último colegio ante una pregunta importantísima en el mundo al revés actual: “¿Qué puede hacer un niño o una niña cuando está enfadado, nervioso o acaba de discutir con un compañero? Los estudiantes del colegio público Paz y Amistad encontraron una respuesta sencilla: crear una caja con materiales que ayudan a recuperar la calma. Pelotas antiestrés, lámparas de lava y otros objetos sirven para que quien lo necesite pueda relajarse antes de volver a incorporarse al grupo. Ellos mismos redactaron las normas de uso: compartir los materiales, cuidarlos y utilizarlos con las manos limpias”.

Ante esta noticia tan importante para la ciudad de Sevilla, que debería estar más atenta con lo que ocurre en sus barrios más desfavorecidos, entre ellos este del Polígono Sur, creo de especial interés divulgarla para general conocimiento de todos y para demostrar que otro mundo es posible en ese barrio, como modelo para llevar a cabo estas iniciativas en otros de la ciudad, dada la triste realidad de que Sevilla ocupa un lugar destacado en la relación de los barrios con menor renta del país (Informe INE indicadores urbanos 2025), en concreto los dos primeros puestos, que corresponden a las zonas 4-E (barrios de Los Pajaritos y Amate del distrito Cerro-Amate) y 5-A (barrio Polígono Sur del distrito Sur) , ambas en Sevilla capital, aunque la lista es larga, al figurar también cuatro zonas más conformadas por seis barrios más, Colores-Entreparques, La Oliva-Letanías, Juan XXIII y Polígono Norte), algo que debería movilizar con carácter de emergencia social y preferente las respuestas públicas a esta situación, teniendo en cuenta globalmente, en este listado, que de las quince localidades señaladas, once pertenecen a Andalucía.

Obviamente, es necesario señalar que estas «ideas» de niños y niñas del Polígono Sur en Sevilla, se deberían exportar a cualquier colegio de nuestra Comunidad Autónoma, de cualquier tipo, porque una vez más, unos niños y niñas con situaciones sociales muy desfavorecidas, dan respuestas a problemas sociales muy complejos, dando lecciones ejemplares del buen hacer social y solidario, siguiendo la estela de Groucho Marx, al pronunciar aquella frase gloriosa en Sopa de ganso, en una reunión memorable de la Cámara de Diputados de Freedonia: “¡Hasta un crío de cuatro años sería capaz de entender esto!… Búsqueme un crío de cuatro años, a mí me parece chino“. Niños y niñas del Polígono Sur, de corta edad, dan respuestas asombrosas a cómo se puede mejorar su estancia en sus colegios y crear nuevos espacios en los que conviven muchas horas al día.

Cuando se preguntó a estos niños y niñas qué necesitaban para sentirse bien en el colegio, respondieron que sentirse escuchados, seguros y respetados: “Por eso este proyecto no se ha limitado a crear nuevos espacios. También ha fortalecido la convivencia, la prevención de la violencia y el buen trato en la comunidad educativa. Y los más interesante es que los resultados obtenidos van mucho más allá que una actividad puntual a través «de una ludoteca o un kit de la calma. Más de 600 niños y niñas han participado en el proyecto y han comprobado que sus opiniones cuentan y que pueden mejorar el lugar donde pasan buena parte de su día. Porque cuando la infancia participa de verdad, no solo cambian los espacios. También cambia la forma de convivir en ellos”.

Una reflexión más. Vean y escuchen atentamente el vídeo de cabecera, porque son los niños y niñas participantes en el proyecto citado, los que lo cuentan mejor que nadie. Divúlgalo, querido lector, querida lectora, porque siguiendo lo que aprendí hace ya mucho tiempo de Eduardo Galeano “intento mirar el universo por el ojo de la cerradura, desde lo pequeñito, lo que puede parecer insignificante. Cada historia es una baldosita cuyo color se incorpora al gran mosaico de la historia que entre todos hacemos cada día, aunque no lo sepamos”. Entre todos y todas podemos construir un mundo mejor para todos, salvando siempre el interés general y, sobre todo, el de los que menos tienen, los nadies, con un suelo firme, ético y digno, posible por supuesto, a pesar de que los amos del mundo actual, de cuyo nombre prefiero no acordarme ahora, intenten demostrar en la Asamblea General de la ONU lo contario, como ayer se comprobó con la lamentable intervención bélica e intimidatoria de Trump, que estoy obligatoriamente obligado a citarlo y denunciarlo. Sin olvidar, por supuesto, el silencio cómplice de la mayoría de los países presentes.

¡Que gran lección de los niños y niñas del Polígono Sur, en Sevilla, cuando un buen proyecto como el de Educo les entrega la posibilidad de ser más felices! Para que no lo olvidemos ni siquiera un momento.

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Otoño 2026 / 3. Ciegos al color de la vida

ERICH LESSING
Julie Andrews, junto a su hija, en un descanso del rodaje de “Sonrisas y Lágrimas” / Erich Lessing

¿Ciego a qué?
No a la luz:
a la vida.

Ángel González, en Otoños y otras luces. I. Ciego

Sevilla, 23/IX/2026 – 07:27 h CET (UTC+2)

El Otoño llegó esta madrugada, puntual como siempre, una estación de colores ocres, verdes apagados, hojas caídas, tonos cambiantes, casi todo ocre: “¿De cuándo ese carmín que fue violeta?, ¿De dónde el oro que era ocre hace un instante?”. Ángel González lo recuerda en su cuarto poema, Ciego, como si todo lo envolviera la acromatopsia (1), que solo afecta a los seres humanos. Lo aprendí leyendo a Oliver Sacks, tan presente siempre en este cuaderno digital, porque esta enfermedad real es la ceguera del color, que no permite agregar color a la óptica de la vida. Todo se ve siempre de color gris. En su magnífico libro La isla de los ciegos al color (2), descubrí que existe un lugar en el mundo, en dos islas de la Micronesia, Pingelap y Pohnpei, donde se concentra esta enfermedad, donde todo se ve siempre de color gris, que permiten “experimentos de la naturaleza, lugares benditos y malditos por su singularidad geográfica, que albergan formas de vida únicas”, en frase del propio Sacks.

Hoy, recordando a Sacks de nuevo, pienso que el poema de Ángel González, extiende geográficamente, por todo el mundo, la ceguera a la vida:

¿Ciego a qué?
No a la luz:
a la vida.

¿Sordo a qué?
No al sonido:
a la música.
Abre los ojos,
oye:
nada ve,
nada escucha.

Como si al mundo entero
una nevada súbita
lo hubiese recubierto
de silencio y blancura.

Confieso que he vivido una experiencia extraordinaria, simbólica, de lo que significa el paso del blanco y negro al color, en el contexto del libro citado de Oliver Sacks y tras la lectura meditada del poema de Ángel González. Ocurrió cuando contemplé en una ocasión una foto en blanco y negro del fotógrafo Erich Lessing en pleno rodaje de la película “Sonrisas y lágrimas”, porque la vida de cada una, de cada uno, que es lo más parecido a una película en blanco y negro, con la acromatopsia ética que corresponda, permite descansos, para recuperar esos momentos que tanto nos reconfortan y que nos devuelven felicidad. Pero también sabemos que la dialéctica de las sonrisas y lágrimas permite apartarnos junto a una pared de la vida personal e intransferible, sentir el abrazo de los que nos quieren, aunque inmediatamente nos llamen mediante megafonía para seguir rodando, viviendo en definitiva, en la filmación jamás contada. Esa es la auténtica obra maestra, el extraordinario guion que está detrás, que nos entrega Lessing con la instantánea asociada de su cámara cerebral”. Me sigue impresionando esa fotografía en blanco y negro de Julie Andrews, que reproduzco en la cabecera de este artículo. Y pienso que Lessing quiso dejar para la posteridad la impronta real de la sonrisa en esa relación madre-hijo, en la lectura de una carta quizás imposible, como homenaje a esta necesidad, dado que en su caso, tuvo que emigrar desde Viena a Palestina a los 16 años, por la ocupación de Hitler, arrancándolo de su familia más cercana. Cuando regresó a Viena, en 1947, su madre ya había fallecido en el campo de concentración de Auschwitz.

En el mundo al revés en el que estamos instalados, sólo queda en este Otoño de 2026, abrir los ojos, oír el paso de la vida, sin ver nada, sin escuchar nada, tal y como nos lo enseñó Ángel González: Como si al mundo entero / una nevada súbita / lo hubiese recubierto / de silencio y blancura. La única forma de contemplar dignamente en este otoño, la realidad de la vida.

(1) Acromatopsia: ceguera del color, enfermedad que no permite agregar a la óptica de la vida el color. Todo se ve siempre de color gris. 

(2) Sacks, O., La isla de los ciegos al color. Barcelona: Anagrama, 1999.

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Otoño 2026 / 2. Cuando venimos de los álamos

Myriane Bourgeois, canta “De los álamos vengo, madre”, compuesta por Joaquín Rodrigo, en “Cuatro madrigales amatorios”. Piano: Jean-François Grondin

Sevilla, 22/IX/2026 – 07:14 h CET (UTC+2)

El otoño nos prepara para recibir el invierno con toda su crudeza, con la doble cara del dios Jano. Es la antesala de la pérdida de la luz convirtiendo las sombras y grises en un testigo implacable de lo que viene. En Sevilla casi no existe el otoño. Verano e invierno se estrechan la mano día a día y miran de reojo a un otoño que casi hermanan con calor y frío sin pasos intermedios, sin confundirlo con la tibieza apocalíptica: “puesto que no estás ni frío ni caliente sino tibio estoy para vomitarte de mi boca” (Ap. 3, 14-16), una cita matemática (número pi) que no se olvida, sin lugar a duda, que son solo palabras puestas en la boca del dios de los creyentes.

Mientras, leo a Ángel González en su tercer poema de Otoños, Casi invierno:

Alamedas desnudas,
mi amor se vino al suelo.
Verdes vuelos, velados
por el leve amarillo
de la melancolía, 
grandes hojas de luz,
días caídos
de un otoño abatido por el viento.

¿Y me preguntas hoy por qué estoy triste?

De los álamos vengo.

El otoño anuncia siempre los grises del invierno, mirando por el retrovisor del tiempo el color de las tres estaciones anteriores. En esta antesala del invierno, en pleno otoño, constatamos que muchas veces somos ciegos al color, no por una enfermedad, la acromatopsia, sino porque nos acostumbramos a vivir en blanco y negro, como si el color o la alegría no hubiera llegado a nuestras vidas. Cuando era niño, viviendo en una sociedad de eternos grises (incluido el uniforme de la policía…), no había nada que me hiciera disfrutar más que cuando entraba al cine de sesión continua en Madrid y anunciaban en pantalla que la película que íbamos a ver era en “color por tecnicolor”. Era una forma de interpretar la vida de forma diferente.

El otoño hace que, a veces, decaiga el ánimo. La tristeza de Ángel González cuando venía de los álamos tenía una explicación, que leí recientemente en palabras de su esposa, Susana Rivera, cuando afirmaba que la referencia a los álamos no era ni a los que había conocido en New México o los de su tierra, en el Paseo de los Álamos de Oviedo. Eran los que “[…] se imaginaba cuando escuchaba a Victoria de los Ángeles cantar, «De los álamos vengo madre, de ver como los menea el viento…». Ponía ese disco en momentos muy especiales, muchas veces amanecimos escuchándolo”.

De los álamos, vengo, madre. De los álamos, vengo, madre. De ver cómo los menea el ayre. De ver cómo los menea el ayre. De los álamos, vengo, madre. De los álamos, vengo, madre. De ver cómo los menea el ayre. De ver cómo los menea el ayre. De los álamos de Sevilla, de ver a mi linda amiga, de ver a mi linda amiga. De ver cómo los menea el ayre. De ver cómo los menea el ayre. De los álamos, vengo, madre. De los álamos, vengo, madre. De ver cómo los menea el ayre. De ver cómo los menea el ayre. De ver cómo los menea el ayre. De ver cómo los menea el ayre (1).

Y me consuela saber que los álamos queridos por Ángel González estaban en Sevilla, porque su quintaesencia figuraba en un poema popular anónimo recopilado por Juan Vázquez, un extremeño muy vinculado al movimiento renacentista de Sevilla, donde falleció en 1563, en una obra que llevaba por título Recopilación de sonetos y villancicos a cuatro y cinco voces (Sevilla, 1560). “De los álamos vengo madre…”, una canción cantada por villanos, es decir, un villancico, figuró siglos más tarde como cuarto madrigal amatorio compuesto por el maestro Joaquín Rodrigo, respetando la melodía original que había escuchado durante su estancia en París hacia finales de los años treinta.

Otoño, desde los álamos de Sevilla en la Alameda de Hércules, el jardín público más antiguo de Europa, ¿me preguntas hoy por qué estoy triste?

(1) Letra original: http://cristobaldemorales.net/medios/repertorio/alamos_vengo_madre

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Otoño 2026 / 1. El decorado de nuestras vidas

MUSICA DE OTONO

Sevilla, 21/IX/2026 – 08:48 h CET (UTC+2)

En 2019 dediqué una pequeña serie de artículos en torno a la aprehensión del otoño por parte de Ángel González, excelso poeta, tan presente en este cuaderno digital. Vuelvo a publicarlos a partir de hoy, porque para mí la poesía es siempre “un arma cargada de futuro”, tal y como lo aprendí de Gabriel Celaya.

Esta igualdad temporal de los días y las noches (equinoccio) con la que identificamos el otoño, forma parte del decorado de nuestras vidas. Cambia el día, la noche, la luz, el calor, el frío, la caída de las hojas, todo cambia. La oportunidad de escribir sobre el otoño de nuestra vida, cada otoño, hace que cumplamos estaciones en vez de años y surgen, insolentes, unas preguntas curiosas: ¿cuántos otoños tienes? O, ¿cuántos otoños somos?

Ángel González, en su segundo poema de Otoños, Entonces, dedica una reflexión sobre el decorado cambiante de nuestras vidas, porque somos protagonistas de una película, de largo metraje, en la que cada estación hace que determinadas secuencias sean inolvidables. Solo por una palabra maravillosa, entonces, un adverbio demostrativo de que lo que allí ocurrió fue solo en ese tiempo, en ese momento, en esa ocasión. El Fin del Verano, podría ser hoy el título de la película en este momento, entonces, al que sigue de forma inexorable un invierno, estaciones con parada fija sin que nosotros podamos hacer nada por detenerlas en el tiempo.

Entonces era otoño en primavera
o tal vez al revés:
era la primavera semejante al otoño.

Azuzadas de pronto por el viento,
corrían veloces las sombras de las nubes
por las praderas soleadas.
Inesperadas ráfagas de lluvia
lavaban los colores de la tarde.
¿De cuándo ese carmín que fue violeta?
¿De dónde
el oro que era ocre hace un instante?

Los silbos amarillos de los mirlos,
el verde desvaído al que apuntaban,
la luz, la brisa, el cielo inquieto:
todo nos confundía.

Con un escalofrío repentino
de temor, y nostalgia,
evocamos entonces
la verdad fría y desnuda de un invierno
no sé si ya pasado o por venir.

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El otoño se acerca con ruido antidemocrático

Ángel González (Oviedo, 1925-Madrid, 2008)

Sevilla, 20/IX/2026 – 08:42 h CET (UTC+2)

Cuando escribo estas líneas estoy viviendo las últimas horas de este verano ardiente, que nos prepara para un futuro que ya no será como era antes, ni espero que volvamos a lo de siempre porque, en los últimos tiempos, vivir es un auténtico problema diario de experiencias adversas propias y asociadas. Sé que el próximo miércoles, a las 02 horas y 05 minutos, según cálculos oficiales del Observatorio Astronómico Nacional (Instituto Geográfico Nacional), “entrará el otoño, estación que durará aproximadamente 89 días y 21 horas, y terminará el 21 de diciembre con el comienzo del invierno”.

En ese día se igualan el día y la noche en el hemisferio norte, en una ceremonia temporal y puntual que nunca falla y que los sabios del lugar llaman equinoccio de otoño (aequinoctium, aequus nocte, «noche igual» [que el día]}. Es un aviso para los que nos gusta otoñar, porque también se puede humanizar este tiempo y su momento si somos capaces de aprehenderlo en su justo sentido. Por ejemplo, acudir prestos a compartir esta estación con el poeta Ángel González, aunque él me acompaña siempre a lo largo del año y sus otras estaciones. 

Vuelvo a leer en esta aproximación al otoño de 2026, sus poemas dedicados a los Otoños, en plural, porque existen millones de otoños, los que vive cada ser humano a su forma y manera: mi otoño, tu otoño, su otoño, nuestro otoño, vuestro otoño, el otoño de ellos, de ellas…, el otoñar de todos. De todas formas, los otoños de González me inspiran otra forma de comprender la vida y me gusta compartirlo para hacer más llevadero ese ser y estar en el mundo de todos y cada uno, otoñando la vida. Comienza su entrega de sentimientos y emociones con un poema precioso, El otoño se acerca, que vuelvo a compartir hoy:

El otoño se acerca con muy poco ruido:
apagadas cigarras, unos grillos apenas,
defienden el reducto
de un verano obstinado en perpetuarse,
cuya suntuosa cola aún brilla hacia el oeste.

Se diría que aquí no pasa nada,
pero un silencio súbito ilumina el prodigio:
ha pasado
un ángel
que se llamaba luz, o fuego, o vida.

Y lo perdimos para siempre.

Lo he manifestado en otoños anteriores: hoy, vuelvo a buscar el ángel que se llamaba luz, o fuego, o vida, y no lo encuentro, rodeado de malas noticias por todas partes, en un país con desasosiego permanente desde hace ya varios años, en este otoño tan especial que sigue entrando con más ruido antidemocrático que nunca, pidiéndonos prudencia a todas horas. Al menos, podemos encontrar un ángel, en medio de tantos demonios, de apellido González. Lo agradezco una vez más, porque necesitamos momentos amables en esta azarosa vida, en este otoño tan cercano ya, en el que estamos obligatoriamente obligados a otoñar, que es soñar de una forma diferente, para no perder para siempre ángeles que necesita este país, que necesitamos todos, con nombres preciosos y que hoy día tienen más valor que nunca: luz, fuego y vida.

Gracias, Ángel González, porque sé que te llamas así por los solsticios y equinoccios que alumbraron con su cambiante luz, su vario cielo, el viaje milenario de tu carne trepando por los siglos y los huesos (1). No te olvido, en la antesala del otoño de 2026, con mucho ruido antidemocrático.

(1) González, Ángel. Para que yo me llame Ángel González, en Áspero mundo, 1956. Madrid: Rialp.

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El sentimiento de otoño de Luis Cernuda, nos permite abrir sueños

Luis Cernuda Bidón (Sevilla, 1902-Ciudad de México, 1963)

Sevilla, 19/IX/2026 – 08:30 h CET (UTC+2)

Confieso que cuando se acerca el equinoccio de otoño, tan equitativo entre el día y la noche, suelo refugiarme en la poesía. Lo vuelvo a afirmar sin duda alguna: para Cernuda, el otoño era un sentimiento que se debe escuchar siempre mucho más fuerte que el viento porque, siguiendo a Alberti, si el otoño no tiene sentimiento es sólo eso, una palabra de cinco letras: Sentimiento, pensamiento. / Que se escuche el corazón más fuertemente que el viento. / Libre y solo el corazón más que el viento. / El verso sin él no es nada. / Sólo verso. Además, él lo apreciaba especialmente porque había nacido en esta estación.

Recuerdo que en 2021, por estas fechas, se difundió una noticia paradójica sobre el descubrimiento de tres proyectiles de la guerra civil en su casa natal, aquí en Sevilla, en la calle Acetres (anteriormente calle Conde Tójar, 6), en las tareas de limpieza que se estaban llevando a cabo después de muchos años de abandono desde que, finalmente, fue adquirida por el Ayuntamiento de Sevilla, salvándola de la especulación inmobiliaria y del olvido, entregándola a la ciudad para un fin estrictamente cultural y vinculado con el autor. Todo un símbolo. Una casa que siempre la pensó y sintió Cernuda para la paz, nunca para la guerra y que después de once años de ardiente impaciencia, se abrirá finalmente como Casa de Luis Cernuda antes de que finalice este año, que acogerá, entre otros fines, un museo permanente sobre el poeta. En ella vivió hasta 1914, año en que se trasladó la familia a una casa en el barrio del Porvenir tras el fallecimiento de su padre y, posteriormente, a la de la calle Aire, última residencia del poeta.

Si vuelvo de nuevo, un año más, a encontrarme con Luis Cernuda en esta estación tan próxima, es para conocer mejor qué pensaba de ella y a través de ella. En Ocnos, título que encontró en Goethe, como “un personaje mítico que trenza los juncos que han de servir como alimento a su asno”, como símbolo del tiempo que todo lo consume, o del público igualmente inconsciente y destructor, dedica una reflexión intimista, la tercera, al otoño en su tierra, que la vuelvo a leer de forma pausada con la ilusión y expectativa de la primera vez, porque me aporta otra forma de vivir con encanto esta estación tan mágica y controvertida:

Encanto de tus otoños infantiles, seducción de una época del año que es la tuya, porque en ella has nacido.

La atmósfera del verano, densa hasta entonces, se aligeraba y adquiría una acuidad a través de la cual los sonidos eran casi dolorosos, punzando la carne como la espina de una flor. Caían las primeras lluvias a mediados de septiembre, anunciándolas el trueno y el súbito nublarse del cielo, con un chocar acerado de aguas libres contra prisiones de cristal. La voz de la madre decía: “Que descorran la vela”, y tras aquel quejido agudo (semejante al de las golondrinas cuando revolaban por el cielo azul sobre el patio), que levantaba el toldo al plegarse en los alambres de donde colgaba, la lluvia entraba dentro de casa, moviendo ligera sus pies de plata con rumor rítmico sobre las losas de mármol.

De las hojas mojadas, de la tierra húmeda, brotaba entonces un aroma delicioso, y el agua de la lluvia recogida en el hueco de tu mano tenía el sabor de aquel aroma, siendo tal la sustancia de donde aquél emanaba, oscuro y penetrante, como el de un pétalo ajado de magnolia. Te parecía volver a una dulce costumbre desde lo extraño y distante. Y por la noche, ya en la cama, encogías tu cuerpo, sintiéndolo joven, ligero y puro, en torno de tu alma, fundido con ella, hecho alma también él mismo.

Cuando finalizo su lectura, al igual que el año pasado y el otro y el otro, recupero el sentimiento de otoño que tenía Cernuda, expresado también en otro poema con palabras bellas: Llueve el otoño aún verde como entonces / Sobre los viejos mármoles, / Con aroma vacío, abriendo sueños. / Y el cuerpo se abandona. Me consuela saber que puedo abrir sueños, abandonando todo lo que hoy nos sobra para comprenderlos este otoño, porque el tiempo consume todo lo que ocurre y hay que saber alimentarlo, como sabía hacer Ocnos, el personaje mítico de Goethe que hace muchos años entusiasmó a Cernuda.

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