
Sevilla, 11/III/2026 – 08:05 h UTC (CET+1)
Incertidumbre es la palabra que mejor resume este largo camino hasta llegar al diagnóstico final de mi zaratán. No lo he hecho en solitario, sino acompañado siempre por la familia, fundamentalmente por mi compañera de vida, a la que tanto quiero, porque tomando palabras de Benedetti, sé que “en el instante en que vencen los crueles entra siempre a averiguar la alegría del mundo y sabe volar gaviotamente sobre las fobias, desarbolando los nudosos rencores”. Como siempre, que decía el poeta uruguayo, sé que el mundo la quiere mucho, pero yo un poquito más que el mundo.
Todo comenzó en junio de 2025, con una analítica rutinaria anual ordenada por mi médica de Atención Primaria, en mi Centro de Salud, para vigilar de cerca el PSA (antígeno prostático específico), una proteína producida por la próstata, cuyos niveles en sangre se miden para detectar problemas prostáticos. Son unas siglas que cuando se marcan en la solicitud de analítica indican claramente que pertenecen a la clasificación de marcador tumoral. Me acompañan desde hace ya bastantes años y, de forma especial, a raíz de una intervención por hiperplasia benigna de próstata en 2016.
Los resultados arrojaban en esta ocasión una cifra alta del PSA, por lo que mi doctora me prescribió antibióticos y la espera de un mes para realizarme una nueva analítica y revisión en consulta. Así fue y el médico que me atendió en julio, por la ausencia por vacaciones de mi doctora, estimó que ante los nuevos resultados y la trazabilidad última del célebre PSA, era conveniente solicitar una consulta especializada en Urología.
La cita del especialista llegó finalmente en septiembre, tras una ardiente impaciencia por mi parte, porque conocía bien el drama en Andalucía de las listas de espera en atención especializada. Fue una consulta rápida y el especialista estimó necesaria una Resonancia Magnética para evaluar la situación de la próstata. Firmó la solicitud con carácter preferente y tras unas gestiones directas en el hospital Virgen del Rocío, me citaron el 3 de octubre, siendo su resultado la primera voz de alarma por los datos obtenidos. Tras nuevas gestiones para recoger esos resultados, en un ir y venir continuo de un centro médico a otro, me citaron para informarme que ante el informe de la Resonancia, había que continuar con nuevas pruebas, en esta ocasión una biopsia de fusión, que ya conocía por experiencias anteriores. Era el segundo especialista que me atendía.
Siguió la incertidumbre campando a sus anchas en mi persona de secreto, porque ya sabía que en la Resonancia había alcanzado la prueba una clasificación máxima, un PIRAD5, nuevas siglas crípticas, cuyo significado en roman paladino era rotundo: lesión en próstata, PIRAD5, con alta probabilidad de extensión extraprostática. La verdad es que recibí la noticia con un profundo silencio sólo interrumpido por mi petición de pronóstico. La respuesta facultativa fue que se perseguía siempre la curación, asociándolo con la esperanza de vida en España en mi rango de edad. Lo asumí con más incertidumbre todavía, sabiendo que iniciaba un camino muy duro, con una biopsia de fusión, realizada el 28 de octubre, que arrojó nuevos datos nada halagüeños, explicados por la tercera especialista que me atendió el 19 de noviembre: adenocarcinoma acinar grado 4+4 Gleason, de alto riesgo, localmente avanzado, pendiente de estudio de extensión. Más incertidumbre todavía, porque ya eran dos pruebas objetivas con resultados muy preocupantes. En esta consulta me informó la cuarta especialista (ya iban cuatro diferentes…), que hacía falta realizar una tercera prueba, PET-TC de cuerpo entero, realizada finalmente el 25 de noviembre con una duración de tres horas, realmente eternas.
Con la trayectoria anterior, fui asumiendo poco a poco que mi situación era grave, de alto riesgo, un cáncer sin paliativos, quedando tan solo el diagnóstico final, que llegó el 17 de diciembre después de tanto desconcierto anímico y ardiente impaciencia en términos nerudianos.
Llegó ese día. Quinta especialista, que de por sí me desconcertó por este trasiego de profesionales que salvaba una y otra vez por mi principio de confianza en los profesionales del Sistema Sanitario Público de Andalucía, su alma, que tanto aprecio y defiendo ante su desmantelamiento progresivo por parte del gobierno actual, con un apoyo transversal por disponer todos ellos de una herramienta informática, el Sistema de información Diraya (conocimiento, en árabe, según Averroes), algo que me consolaba siempre en cada consulta, porque sabía que allí estaba mi historia de salud digital, en tiempo real, en alta disponibilidad, 24x7x365. El encuentro fue muy correcto, breve y bueno, porque se cerraba una etapa muy complicada seis meses después desde que comenzara esta travesía tan especial. Allí me ratificó el diagnóstico, adenocarcinoma de próstata localmente avanzado, de alto riesgo. Me explicó el esquema del tratamiento a seguir, siempre en siglas, que poco a poco he ido digiriendo con resignación esperanzada en clave de curación: STAMPEDE, RTE+TDA+Abiraterona 2 años. El día siguiente comencé el tratamiento y me informé detalladamente de cada sigla que me acompaña desde entonces.
Una observación en este relato: creo que he firmado tres “consentimientos informados”, un eufemismo en toda regla, porque siempre me daban este documento con unas cinco páginas cada uno, dobladas por la página de la firma, a lo que siempre contesté que quería saber antes qué firmaba, porque allí se explicaba de forma pormenorizada qué me iban a hacer, posibles complicaciones y otros detalles, petición que resolvían sobre la marcha entregándome una copia para que lo leyera posteriormente. Creo que es una situación muy delicada y si es un consentimiento informado, se debería explicar todo el proceso antes de firmarlo casi de forma automática y nunca mejor dicho…, al entregarlo en blanco.
En este mar de incertidumbres, donde la vida está en juego, he recordado casi a diario mi etapa de creyente católico, apostólico y romano, que ya no es así, sobre todo la lección laica aprendida del Eclesiastés (3, 1-22), tomando conciencia de que en la vida hay tiempo de todo, viviendo con su espíritu finalista, aunque hay preguntas transcendentales que difícilmente tienen respuesta lógica: agregar años sin fin a la vida, diferenciarse de los animales al morir, porque somos polvo, y la soledad…, porque no hay acompañamiento posible para conocer lo que hay después de la vida, cuando abandonas la trascedencia religiosa de la fe de mis mayores, como decía Antonio Machado. Es decir, preguntas y problemas sin respuesta porque, paradójicamente, a esas cuestiones ya respondió hace siglos la persona que mejor conocía la comunidad, es decir, el más inteligente, el superdotado de entonces, el supuestamente más religioso, porque respondía a todos los problemas en los pueblos ribereños que hoy -véase la guerra en Irán- se debaten en guerras fratricidas. Se llamaba Eclesiastés. Cuando todo era silencio sin respuesta ante la adversidad, decía: mejor es caminar juntos que uno solo, porque si te caes siempre habrá alguien que te levante. Muy inteligente. Había resuelto un gran problema para el presente y para el futuro de la inteligencia social de cada uno, sin discriminación alguna, para mi zaratán, por ejemplo.
Eclesiastés nos decía al comenzar el célebre capítulo 3 citado, que tenemos hasta 27 oportunidades para disfrutar del tiempo a lo largo de la vida, buscando siempre la felicidad, que también se vienen repitiendo desde que el mundo es mundo: nacer, morir, plantar, arrancar lo plantado, sanar, destruir, edificar, llorar, reír, lamentarse, danzar, lanzar piedras, recogerlas, abrazarse, separarse, buscar, perder, guardar, tirar, rasgar, coser, callar, hablar, amar, odiar, guerra y paz. Casi nada, pero administrar esta carga vital, en su tiempo específico, es harina de otro costal. Por eso hay que ser consecuente con esta lista de hechos humanos, que no nos son ajenos y que rodean siempre a la felicidad o a sus contrarios, porque vanidad de vanidades, todo es vanidad y si no que lo demuestre nuestra capacidad de respuesta que cada uno tiene a las tres preguntas enunciadas anteriormente. O la respuesta concreta a mi zaratán, en estos momentos tan especiales de mi vida, porque no olvido ni un solo día que está ahí y sigue al acecho.
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CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
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¡Paz y Libertad!











