Hojas sueltas / 7. Sobre el Mundial de Fútbol 2026, ¡disculpen mi ignorancia!

Maradona

Sevilla, 11/VI/2026 – 12:21 h CET (UTC+2)

Sólo sé que no sé casi nada sobre fútbol. Aún siendo una constante irrefutable en mi azarosa vida, soy consciente de que hoy comienza a forjarse una oleada de optimismo a nivel mundial en el día que comienza la Copa Mundial de Fútbol 2026.

A modo de confesión pública sobre mi ignorancia supina sobre este deporte, rescato hoy esta “hoja suelta” de mi cuaderno digital, publicada en 2020, sobre una declaración de Jorge Luis Borges ante la pregunta de qué opinaba sobre Maradona, contestando de forma radical sobre su paisano y gran astro argentino: ¡Disculpen mi ignorancia!

De acuerdo con Eduardo Galeano, un sorprendente “mendigo del fútbol”, como se definía a sí mismo, comparto su crítica mordaz ante la deriva actual de este deporte, que se ha forjado ya para quedarse: “El juego se ha convertido en espectáculo, con pocos protagonistas y muchos espectadores, fútbol para mirar, y el espectáculo se ha convertido en uno de los negocios más lucrativos del mundo, que no se organiza para jugar sino para impedir que se juegue».

Soy consciente también de que la mente humana se cerrará estos días por el Mundial de Fútbol, porque sólo se hablará de su eco a diario, eclipsando el principio de realidad de lo que está pasando y estamos viendo a diario, dónde millones de personas siguen sufriendo la indignidad humana, sin com-pasión (con guion) alguna.

Al buen entendedor, hoy, en el Día Mundial del Fútbol, con esta respuesta de Borges, asumida por mí…, basta: ¡Disculpen mi ignorancia!

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Sobre Maradona, ¡disculpen mi ignorancia!

Sevilla, 26/XI/2020

Cuentan los sabios del lugar que en cierta ocasión preguntaron a Jorge Luis Borges qué opinaba acerca de Maradona, a lo que el escritor -argentino como él- respondió: ¡Disculpen mi ignorancia! Cuando se lo contaron al jugador, hizo una jugada verbal perfecta y le devolvió la ironía de origen preguntando en qué equipo de fútbol jugaba Borges. Al escritor, todo lo relacionado con el fútbol lo sacaba de sus casillas: “La idea que haya uno que gane y que el otro pierda me parece esencialmente desagradable. Hay una idea de supremacía, de poder, que me parece horrible”. No llego a ese extremo de juicio, pero tengo que reconocer que el fútbol no me apasiona, aunque me asombra el seguimiento que tiene por millones de personas y el dinero que mueve, con frases de asombro vinculadas casi siempre a las cifras astronómicas derivadas de la compraventa de jugadores en los mejores mercados del mundo. Me reafirmo en el aserto de que todo necio confunde valor y precio.

Tengo que reconocer que este deporte, junto a la música militar, nunca me supo levantar. Soy respetuoso con la vida y milagros del jugador y mucho más desde que se ha conocido la ausencia a su cielo particular. No me gustan los panegíricos sobre él, que ahora se prodigan por tierra, mar y aire, donde se envuelve con palabras elogiosas su enorme capacidad para hacer magia con el balón, aunque de su auténtico persona de secreto sepamos poco. Así ha sido, hasta que un día se cruzó determinada condición humana en su vida, con el sobrenombre de adicción en sus variadas versiones, convirtiendo su figura en una máscara que escondía su verdadera condición humana, a la que siempre respeto por su base existencial y dado que nada humano me es ajeno.

Volviendo a Borges, recuerdo ahora que escribió en 1967 un cuento junto a Adolfo Bioy Casares con un título críptico, Esse est percipi (Ser es ser percibido, en Crónicas de Honorio Bustos Domecq), pero evidente en nuestros tiempos modernos y de coronavirus. He vuelto a leer un fragmento del mismo: “El género humano está en casa, repantigado, atento a la pantalla o al locutor, cuando no a la prensa amarilla. ¿Qué más quiere, Domecq? Es la marcha gigante de los siglos, el ritmo del progreso que se impone”. Porque, agrega: “No hay score ni cuadros ni partidos. Los estadios ya son demoliciones que se caen a pedazos. Hoy todo pasa en la televisión y en la radio. La falsa excitación de los locutores, ¿nunca lo llevó a maliciar que todo es patraña? El último partido de fútbol se jugó en esta capital el día 24 de junio del 37. Desde aquel preciso momento, el fútbol, al igual que la vasta gama de los deportes, es un género dramático, a cargo de un solo hombre en una cabina o de actores con camiseta ante el cameraman”.

Reconozco que soy un espectador ignorante. Ya lo decía Hans Magnus Enszerberger, cuando hablaba de la ciudadanía “ignorante y molesta”, al referirse a las personas alejadas de las tecnologías de la información y comunicación, que no es mi caso, aunque hace ya mucho tiempo que entré -a juicio de muchas personas- en el colectivo de ovejas descarriadas de lo que está pasando y están viendo a través del fútbol: ¿No te has enterado? ¡Ha muerto Maradona!

Soy consciente de que Maradona ya no está con nosotros, en medio de estadios vacíos y ligas imposibles. Percibimos en estas horas posteriores a su fallecimiento, el gran espectáculo de su fútbol en un mundo que ya no es lo que era, porque Maradona fue una ilusión colectiva cuando los estadios representaban un género dramático, donde unos ganaban y otros perdían, con gran dolor de Borges. Ahora, todo es diferente en la nueva normalidad, pero siempre nos quedarán los sueños mágicos de Maradona en la malla pensante de la humanidad.

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Hojas sueltas / 6. Una vez más, ¡dejemos el pesimismo para tiempos mejores!

Fotocomposición / JA COBEÑA

Sevilla, 11/VI/2026 – 09:00 h CET (UTC+2)

Hoy publico una “hoja suelta” de mi cuaderno digital a la que tengo especial aprecio, porque simboliza una trazabilidad histórica personal sobre la importancia del mantenimiento de la coherencia en tiempos difíciles, así como las diferentes formas de expresar nuestro desencanto por lo que está pasando y estamos viendo.

Reitero lo manifestado en 2021: “Al intentar buscar salidas a mi asombro actual ante la continua manifestación de acciones y palabras del mundo al revés, cuando casi todo está patas arriba, he recordado palabras escritas cuando era joven y pensaba y actuaba como joven, en una etapa crucial en nuestras vidas, porque comenzábamos en este país a reconstruirlo al derecho, no al revés, a la izquierda y menos a la derecha, con la ilusión paradójica de dejar el pesimismo para tiempos mejores”.

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¡Dejemos el pesimismo para tiempos mejores!

Sevilla, 5/III/2021

Esta frase del título de las palabras de hoy, que todavía me quedan, la leí en una obra de Eduardo Galeano que suelo repasar con frecuencia: Patas arriba. La escuela del mundo al revés. Cuenta el escritor uruguayo que “alguien, quién sabe quién”, la escribió al pasar, en un muro de la ciudad de Bogotá. Como alumno matriculado en esa escuela, sé que esa frase está incrustada en un capítulo que ayuda a entender ese mundo al revés que tanto sorprende a diario, de cuyo nombre quiero hoy acordarme: La contraescuela. Traición y promesa del fin del milenio.

En este contexto, he recordado que hace cuarenta y ocho años publiqué un artículo en la página de opinión de un periódico de Sevilla muy combativo en la Transición, El Correo de Andalucía (7/VIII/1977), que llevaba por título Un profeta para una pintada, que reproduzco a continuación, sobre la importancia de escribir grafitis en paredes desconocidas, a modo de páginas en blanco, sobre el desencanto existencial ante el mundo al revés, algo que traduce la expresión que encabeza hoy estas líneas.

“Padecemos un fenómeno alarmante: ausencia y fuga de profetas. Casi sin darnos cuenta, el mundo asiste a un espectáculo desenfrenado de comunicación de masas donde cualquier grito de denuncia es sofocado con insistencia machacona por aquellos «a quienes corresponde». Siempre queda en el aire un sector de los que tienen que callar por desgaste multisecular. He aquí la necesidad del profeta, de hombres y mujeres auténticos que hablen en lugar de otros, de los que no se erigen detentadores de todos los poderes a costa del propio ser humano, pero que conoce la vida en profundidad y grita en favor del que se siente sofocado.

Y su ausencia se nota. El grupo, el equipo, el partido, la confesión religiosa y así sucesivamente, sacrificando a menudo a los profetas, incluso a sus profetas, por un prurito de nombre, de clase, grupo o ideología compacta. Este ha sido el «milagro español» durante muchos años: fuga de cerebros, y por qué no, fuga de profetas, fuga de inteligencia y de voluntad, de corazón. Y el país lo nota.

No hace muchos días, vi una pintada en una calle céntrica de Sevilla que me recordó esta ausencia. Decía más o menos así: «A los de vida destrozada, ¿quién los reivindica?». Es verdad. Durante la última oleada electoral este grito hecho partido no se ha escuchado, porque los de «vida destrozada» comprenden un grupo amplísimo de mujeres y hombres que combaten diariamente a vida o muerte por la existencia. Es una neurosis de conflicto crónica y crítica, donde no hay tiempo para organizarse, porque la desconfianza en el propio ser humano es su mejor bandera.

Hubo ya un rabino jasidista, Bunam de Przysucha, que intuyó la dificultad de escribir algo sobre el hombre que fuera convincente y tuviera fronteras. Al calibrar la «locura» de su empresa dijo: «Pensaba escribir un libro cuyo título seria «Adán», que habría de tratar del hombre entero. Pero luego reflexioné y decidí no escribirlo». Quizá sea ésta una razón metafórica inconsciente para no atender al interrogante de la pintada, porque indudablemente el parafraseado cuestiona la esencia humana y puede «amargar la existencia» a más de uno: «pensé un día reivindicar y decidí no hacerlo». Es el momento álgido: o profecía, o silencio culpable. Sin comentarios.

Afortunadamente, la ciudad va quedando más limpia. Pero, por favor, ésta pintada que no se borre. Puede ser que algún profeta se haga presente y se quede entre nosotros…”.

Al intentar buscar salidas a mi asombro actual ante la continua manifestación de acciones y palabras del mundo al revés, cuando casi todo está patas arriba, he recordado estas palabras escritas cuando era joven y pensaba y actuaba como joven, en una etapa crucial en nuestras vidas, porque comenzábamos en este país a reconstruirlo al derecho, no al revés, a la izquierda y menos a la derecha, con la ilusión paradójica de dejar el pesimismo para tiempos mejores. Les aseguro que es la palabra que me queda hoy en mi alma desconchada como la pared de la pintada, la de un pesimista que, según Benedetti, no es más que un optimista bien informado (1).

(1) Benedetti, Mario (2001). Haiku 123 en Rincón de haikus. Madrid: Visor Libros.

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¡Paz y Libertad!

Cerrado por Mundial de Fútbol 2026

Eduardo Galeano, Cerrado por fútbol

El fútbol es la única religión que no tiene ateos

Eduardo Galeano, El fútbol a sol y sombra

Sevilla, 9/VI/2026 – 17:03 h CET (UTC+2)

El mundo al revés, tratado tantas veces en este cuaderno digital, siguiendo la estela literaria de Eduardo Galeano, vibrará en los próximos días con motivo de la celebración de la Copa Mundial de Fútbol 2026.

Siempre me ha llamado la atención la pasión de Galeano por el fútbol, sentimiento que se muestra abiertamente en una obra, Cerrado por fútbol, una recopilación de todos los textos que publicó en torno a este deporte, de la que aporto la sinopsis oficial de la editora: “Este libro reúne todos los textos que Galeano escribió sobre fútbol, la mayoría dispersos en su obra publicada, pero también varios inéditos y verdaderos hallazgos, como la crónica en la que, con sólo 23 años, llama «traidor» al Che Guevara en persona por haber adquirido en Cuba la pasión por el béisbol. Las páginas proponen un recorrido por la historia del fútbol, desde la época en que un jugador recibía una vaca por cada gol hasta el tiempo de los jugadores multimillonarios agobiados por el éxito, pasando por el relato de los diez futbolistas que se pintaron la cara de negro en solidaridad con su compañero discriminado por la hinchada; también hablan de Maradona, «el hombre que no podía vivir sin la fama que no lo dejaba vivir», y de Zidane, que en su último partido embistió a un rival y se retiró expulsado de un mundial mediocre. Eduardo Galeano creía que el fútbol expresaba «emociones colectivas», esas que generan «fiesta compartida o compartido naufragio, y existen sin dar explicaciones ni pedir disculpas». De esas pasiones habla Cerrado por fútbol”.

Es Galeano quien justifica el título paradójico de “Cerrado por fútbol”: “Cuando el Mundial comenzó́, en la puerta de mi casa colgué́ un cartel que decía: Cerrado por futbol. Cuando lo descolgué́, un mes después, yo ya había jugado sesenta y cuatro partidos, cerveza en mano, sin moverme de mi sillón preferido. Esa proeza me dejó frito, los músculos dolidos, la garganta rota; pero ya estoy sintiendo nostalgia”.

A modo de retrato personal de su curiosa “pasión” por el fútbol, nada mejor que leer sus palabras en el libro citado, bajo el título “Por qué escribo”: “Para empezar, una confesión: desde que era bebé, quise ser jugador de fútbol. Y fui el mejor de los mejores, el número uno, pero sólo en sueños, mientras dormía. Al despertar, no bien caminaba un par de pasos y pateaba alguna piedrita en la vereda, ya confirmaba que el fútbol no era lo mío. Estaba visto: yo no tenía más remedio que probar algún otro oficio. Intenté varios, sin suerte, hasta que por fin empecé a escribir, a ver si algo salía. Intenté, y sigo intentando, aprender a volar en la oscuridad, como los murciélagos, en estos tiempos sombríos. Intenté, y sigo intentando, asumir mi incapacidad de ser neutral y mi incapacidad de ser objetivo, quizás porque me niego a convertirme en objeto, indiferente a las pasiones humanas. Intenté, y sigo intentando, descubrir a las mujeres y a los hombres animados por la voluntad de justicia y la voluntad de belleza, más allá de las fronteras del tiempo y de los mapas, porque ellos son mis compatriotas y mis contemporáneos, hayan nacido donde hayan nacido y hayan vivido cuando hayan vivido. Intenté, intento, ser tan porfiado como para seguir creyendo, a pesar de todos los pesares, que nosotros, los humanitos, estamos bastante mal hechos, pero no estamos terminados. Y sigo creyendo, también, que el arcoíris humano tiene más colores y más fulgores que el arcoíris celeste, pero estamos ciegos, o más bien enceguecidos, por una larga tradición mutiladora. Y en definitiva, resumiendo, diría que escribo intentando que seamos más fuertes que el miedo al error o al castigo, a la hora de elegir en el eterno combate entre los indignos y los indignados”.

Galeano fue un mendigo del fútbol: “No tengo nada de original porque, como se sabe, en mi país las maternidades hacen un ruido infernal porque todos los bebés se asoman al mundo entre las piernas de la madre gritando gol. Yo también grité gol para no ser menos y como todos quise ser jugador de fútbol”. Junto a Benedetti, hicieron gala siempre de su pertenencia al equipo Nacional de Montevideo, mostrando Galeano esta pasión desbordada y desbordante en su obra Su majestad el fútbol, publicada en 1968.

Lo que nunca cegó su pasión por el fútbol, fue su crítica mordaz ante la deriva actual de este deporte, que se ha forjado ya para quedarse: “El juego se ha convertido en espectáculo, con pocos protagonistas y muchos espectadores, fútbol para mirar, y el espectáculo se ha convertido en uno de los negocios más lucrativos del mundo, que no se organiza para jugar sino para impedir que se juegue».

La mente humana se cerrará estos días por el Mundial de Fútbol, porque sólo se hablará de su eco a diario, eclipsando el principio de realidad de lo que está pasando y estamos viendo a diario, muchos sufriendo la indignidad humana sin com-pasión (con guion) alguna.

Menos mal que Galeano sólo fue el mejor jugador del mundo en sus sueños: “Siempre jugué muy bien, la verdad maravillosamente bien. Era el mejor de todos, pero sólo de noche mientras dormía”. Haber optado por ser escritor es lo que hoy agradezco, para aprender de él, siempre muy despierto, porque cuando escribía “le dolía el dolor ajeno y gozaba del ajeno placer», intentando que fuéramos “más fuertes que el miedo al error o al castigo, a la hora de elegir en el eterno combate entre los indignos y los indignados”.

Palabras de Galeano, mendigo confeso del fútbol digno, aunque siempre reconoció que este deporte “no era lo suyo”. Tampoco… “lo mío”.

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¡Paz y Libertad!

Con gratitud plena, los cumpledías de Mario Benedetti están presentes hoy en mi vida, como siempre

mario-benedetti
Mario Benedetti (Paso de los Toros, Uruguay, 1929 – Montevideo, Uruguay, 2009)

Dedicado especialmente a todas las personas que hoy se acordarán de mí por mi cumpledías. También, a los que me acompañan sin descanso alguno, día a día y de una forma u otra, en este largo y complejo desfiladero vital.

A todos y a todas, les entrego hoy estas palabras de agradecimiento, un regalo con estela y profunda gratitud (1).

Sevilla, 7/VI/2026 – 08:14 h CET (UTC+2) / Actualizando la hoja suelta original de 7 de junio de 2021

Mi infancia son recuerdos de mi nacimiento, tal día como hoy, hace setenta y nueve años, en una calle de Sevilla, Jesús del Gran Poder, en un edificio cargado de historia (todavía en pie), porque se construyó en el siglo XIX sobre el solar que quedó al derribarse, después de la desamortización de Mendizábal, el Colegio de la Purísima Concepción regentado por los Jesuitas y que hacía esquina con la calle Becas, edificio en el que se alojaba también un cine de verano con nombre programático: Ideal.

Tengo solo vagos recuerdos de aquellos primeros años, antes de viajar a Madrid como niño del Sur, para quedarme allí durante bastante tiempo y sin volver más a esta tierra que me vio nacer. Así empezaban unos apuntes de la autobiografía que comencé a escribir en 2014, Cinema Ideal, que abandoné unos meses después porque sentí el vértigo del rabino jasidista, Bunam de Przysucha, que intuyó la dificultad de escribir algo sobre el hombre, que fuera convincente y tuviera fronteras: al calibrar la «locura» de su empresa dijo: «Pensaba escribir un libro cuyo título seria «Adán», que habría de tratar del hombre entero. Pero luego reflexioné y decidí no escribirlo». Calibré mi locura y decidí no escribirla.

Hago esta reflexión hoy porque el título que escribí en aquellos días era, en el fondo, un homenaje a una película que me ha marcado para siempre: Cinema Paradiso. Mi vida ha sido también una película sin fin, de muchos géneros en uno solo: vivir apasionadamente. Me sentí reflejado en la misma de principio a fin, por el amor al cine, porque siendo muy niño hacía mis propias películas con dibujos animados, impregnándolos en aceite que, una vez secos, los unía y pasaba por rodillos laterales de un escenario, también hecho a mano, para imprimirles movimiento a demanda. Más o menos, observando aquel descubrimiento mágico con la cara de Totó, mi querido protagonista de la película de verdad, que sigue presente en la imagen de la portada de este cuaderno digital. También, porque seguí siempre el consejo de su gran amigo Alfredo cuando decía a ese niño que amaba tanto el cine, mi alter ego, que debía salir de sí mismo para buscar islas desconocidas, las que describía extraordinariamente Jose Saramago en su cuento “La isla desconocida”. En aquella escena memorable de la estación, Alfredo, ya ciego por el incendio del cine, le dice en un susurro inolvidable a Totó: “La vida es más difícil… Márchate…, el mundo es tuyo, … no quiero oírte más, solo quiero oír hablar de ti… Hagas lo que hagas, ámalo”. Le ayudó a salir de su zona de confort y nunca he olvidado aquellas escenas ni aquellas palabras. Todo un símbolo: hagas lo que hagas, ámalo.

En este contexto de visita al alma de secreto, repasando en mi matusalénica edad lo que he hecho, amándolo, reinterpreto de nuevo el poema Como siempre, de Mario Benedetti, el día que cumplo veintiocho mil ochocientos treinta y cinco días, aplicando sus palabras en primera persona, porque así lo he leído siempre en lo más íntimo de mi propia intimidad. Es verdad, porque esta matusalénica edad no se me nota cuando en el instante en que vencen los crueles entro a diario a averiguar la alegría del mundo, volando gaviotamente sobre las fobias, desarbolando los nudosos rencores. He alcanzado una buena edad para cambiar estatutos y horóscopos, dejando que mi manantial mane amor sin miseria.

Soy consciente de que los que me desean hoy un feliz cumpleaños es a veces injusto, porque he tenido la suerte de disfrutar de felices cumpledías, no olvidando tampoco que aunque nada me ha sido fácil en mi vida, eso mismo me ayuda hoy a afirmar mi bienaventuranza diaria.

Para mí no es novedad que mucha gente de este mundo me aprecie, pero sé distinguir muy bien quien me quiere de veras, aunque mi corazón sabe quién me quiere un poquito más que el mundo.

Son palabras que regalo a los que me felicitan por mi cumpledías diario, sintiéndome alguien especial el día que cumplo novecientos cuarenta y ocho meses, otra versión de cumpledías acumulados, entrando a averiguar la alegría del mundo, volando gaviotamente sobre las fobias y desarbolando los nudosos rencores.

Como siempre

Aunque hoy cumplas
trescientos treinta y seis meses
la matusalénica edad no se te nota cuando
en el instante en que vencen los crueles
entrás a averiguar la alegría del mundo
y mucho menos todavía se te nota
cuando volás gaviotamente sobre las fobias
o desarbolás los nudosos rencores
buena edad para cambiar estatutos y horóscopos
para que tu manantial mane amor sin miseria
para que te enfrentes al espejo que exige
y pienses que estás linda y estés linda
casi no vale la pena desearte júbilos y lealtades
ya que te van a rodear como ángeles o veleros
es obvio y comprensible
que las manzanas y los jazmines
y los cuidadores de autos y los ciclistas
y las hijas de los villeros
y los cachorros extraviados
y los bichitos de san antonio
y las cajas de fósforo
te consideren una de los suyos
de modo que desearte un feliz cumpleaños
podría ser tan injusto con tus felices
cumpledías
acordate de esta ley de tu vida
si hace algún tiempo fuiste desgraciada
eso también ayuda a que hoy se afirme
tu bienaventuranza
de todos modos para vos no es novedad
que el mundo
y yo
te queremos de veras
pero yo siempre un poquito más que el mundo.

Gracias por haber llegado hasta aquí en la lectura de estas palabras, que aún me quedan, tal y como aprendí de Blas de Otero. Para mí, el mejor regalo hacia ti, lector o lectora, como símbolo de mi gratitud plena.

(1) Cobeña Fernández, José Antonio (1987). La estela del regalo, en Teatro de barrio. Huelva, pág. 99.

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Una fresa llamada “Dignidad”

Sevilla, 5/VI/2026 – 16:47 h CET (UTC+2) / Actualizado a las 19:15 h

El martes pasado se entregaron los premios del VII Concurso de Microrrelatos, organizado por el Club Santa Clara, en esta ciudad, al que me presenté con un texto bajo el título: Una fresa llamada “Dignidad”. Aunque no gané el primer premio en la categoría “Senior”, sí lo han publicado en el libreto que recopila los textos premiados y algunos más por menciones del Jurado calificador, entre los que se encuentra el mío, que agradezco en su fondo y forma.

Hoy, lo entrego a la Noosfera y, sobre todo, a quienes estaba dirigido, los miles de temporeros agrícolas, migrantes, que año tras año recogen fresas y otros frutos rojos, como muestra simbólica, nada más, de los centenares de miles que viven en situación irregular y que gracias a la legislación reciente están viviendo con ardiente impaciencia su regularización digna en nuestro país, alcanzando ya la cifra de 550.000 solicitantes. Bienvenidos sean, porque para mí no son extranjeros, sino vecinos dignos de este país, tal y como lo aprendí en su día de Eduardo Galeano: “Tu dios es judío, tu música es negra, tu coche es japonés, tu pizza es italiana, tu gas es argelino, tu café es brasileño, tu democracia es griega, tus números son árabes, tus letras son latinas. Yo soy tu vecino. ¿Y tú me llamas extranjero?(Extranjero, en El cazador de historias).

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Una fresa llamada “Dignidad”

Fátima, Marta y Leonardo, conocían a todas las fresas por su nombre, su variedad: Camarosa, Tioga, Sabrosa, Fortuna, Ventana, Chandler, San Andreas, Oso Grande y Primoris.

A todas las trataban con un cuidado especial, cortándolas de su tallo con esmero para no dañarlas y colocarlas para ser envasadas, no perdiendo su belleza natural. Sus espaldas se resentían del esfuerzo al realizar su trabajo durante horas eternas.

Un día, al finalizar su trabajo como migrantes marroquíes, se acercaron a la nave de envasado y descubrieron un cartel con tres iniciales “DIG” , en una cinta de transporte de cajas ya preparadas para su distribución y consumo. Se acercaron para leer las etiquetas de cada envase, descubriendo el misterio de aquellas iniciales: la variedad era desconocida para ellos, “Dignidad”. Se les cayeron unas lágrimas y creyeron que lo que habían leído era sólo un sueño.

Volvieron al barracón donde vivían junto a otros compañeros y compañeras, contándoles lo ocurrido, que los esperaban para hablarles de otro sueño a punto de cumplirse: su situación personal, tan precaria como migrantes, se iba a regularizar.

Todos acordaron que a partir de ese día, las fresas se llamarían “Dignidad”, una variedad especial.

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Hojas sueltas / 5. Sigo haciendo un camino de belleza para que todo en belleza acabe

Eduardo Galeano / El contador de historias

Que en belleza camine.
Que haya belleza delante de mí
y belleza detrás
y debajo
y encima
y que todo a mi alrededor sea belleza
a lo largo de un camino de belleza
que en belleza acabe.

Eduardo Galeano, Quise, quiero, quisiera, del «Canto de la noche», del pueblo navajo, en El cazador de historias

Sevilla, 3/VI/2026 – 09:04 h (UTC+2)

La elección de la “hoja suelta” de hoy, como siempre, no es inocente, porque responde en mi tiempo de silencio a un contexto sociopolítico mundial que es la antítesis de la belleza. Necesito aferrarme a principios éticos que me permitan pisar el suelo firme de mi existencia, en una búsqueda constante del “principio esperanza” envuelto en la belleza de vivir despiertos, superando la ceguera de este mundo al revés.

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Camino en belleza para que todo en belleza acabe

Sevilla, 4/XII/2021

Hoy, como casi todos los días cuando me pongo a escribir sobre la página en blanco, he tomado conciencia de algo que aprendí de Eduardo Galeano leyendo su precioso libro, El cazador de historias: “Camino y en mis adentros las palabras caminan también, en busca de otras palabras, para contar las historias que ellas quieren contar. Las palabras viajan sin apuros, como las almitas peregrinas que vagan por el mundo y como algunas estrellas fugaces que a veces se dejan caer, muy lentamente,  en los cielos del sur. Las palabras caminan latiendo. Y en esos días, por pura casualidad, me entero de que en lengua turca caminar y corazón tienen la misma raíz (yürümekyürek) (1).

En la serie que dediqué este verano a Eduardo Galeano, bajo el epígrafe “El buscador de historias”, comencé esa andadura con unas palabras dedicadas a los caminantes del mundo, en las que decía que él había escrito ese libro a modo de testamento espiritual, porque “a través de innumerables historias nos entrega su alma convertida en palabras recogidas en cuatro capítulos de su vida, «Molinos de tiempo», «Los cuentos cuentan», «Prontuario» y «Quise, quiero, quisiera», que agrupan palabras sentidas y sintientes para él y para todos, en un ejemplo de su generosidad literaria y de compromiso activo a través de la palabra. El último, «Quise, quiero, quisiera», corresponde al poema navajo [que da título a estas palabras] y que escogió personalmente para abrochar su obra, con tres tiempos verbales que encierran en sí mismos toda su vida y que he elegido para abrir el largo caminar de estas líneas”.

Caminar y buscar se funden en un abrazo de la vida que me acompaña todos los días para seguir caminando el mundo en el que vivo, estoy y soy. Siento como mías las palabras de Galeano, porque en cada camino y búsqueda diaria del sentido de la vida, las palabras caminan también en mis adentros, “en busca de otras palabras, para contar las historias que ellas quieren contar”, como me ocurre ahora mismo al teclearlas y dejarlas con su vida adentro. Sé que ellas viajan sin apuros, porque caminan latiendo, sobre todo cuando ya sé que en nuestros antepasados turcos, caminar y corazón tienen la misma raíz (yürümekyürek).

En la orilla que me encuentro en la actualidad, en la singladura que inicié hace unos días para seguir buscando islas desconocidas de esperanza, en un mundo terco que se encarga a diario de arrebatárnosla, considero que Galeano me acompaña para hacer este camino o singladura, tanto monta monta tanto, cuando pasado el ecuador de esta pandemia nos acercamos a una isla especial que suele inspirar también mi alma de secreto y, a veces, la de todos: el principio esperanza, que se inspira en el camino de la belleza que puede presentarse en la vida de cada uno cuando nos lo proponemos: Que en belleza camine. / Que haya belleza delante de mí / y belleza detrás / y debajo / y encima / y que todo a mi alrededor sea belleza / a lo largo de un camino de belleza / que en belleza acabe. Él lo cuenta de una forma especial al detallarnos la historia de la tribu Pawnee, junto al río Platte, en el relato Las Estrellas (2), del que he escogido sus palabras finales, porque representan lo que me ha sucedido a lo largo de la vida, fundamentalmente porque soy un caminante del mundo que late a través de la palabra, que nos queda y… además, es bella:

A orillas del río Platte, los indios pawnees cuentan el origen.
Jamás de los jamases se cruzaban los caminos de la estrella del atardecer y la estrella del amanecer.
Y quisieron conocerse.
La luna, amable, las acompañó en el camino del encuentro, pero en pleno viaje las arrojó al abismo, y durante varias noches se rio a carcajadas de ese chiste.
Las estrellas no se desalentaron. El deseo les dio fuerzas para trepar desde el fondo del precipicio hasta el alto cielo.
Y allá arriba se abrazaron con tanta fuerza que ya no se sabía quién era quién.
Y de ese abracísimo brotamos nosotros, los caminantes del mundo
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(1) Galeano, Eduardo, El cazador de historias, 2016. Barcelona: Siglo XXI España.

(2) Galeano, Eduardo, Ibidem, p. 20.

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Hojas sueltas / 4. Cuando un zapatero opina más arriba de las sandalias, recuerda una sentencia de Apeles

Nino Pisano, Apeles

Sevilla, 31/V/2026 – 09:16 h CET (UTC+2)

Visto lo visto y oído lo oído sobre la situación política de nuestro país, he elegido hoy una “hoja suelta” de mi cuaderno digital que cobra ahora especial relevancia. Se trata de un artículo que escribí en 2009 sobre un diálogo imposible entre Apeles de Cos (352-308 a. C.), pintor oficial de Alejandro Magno, y un zapatero muy observador de lo auténtico. Ayer lo cité también, pero hoy me refiero a él en un contexto diferente.

Salvando lo que haya que salvar, creo que su lectura en estos momentos cruciales para el país, puede servirnos para comprender el fondo de esta leyenda griega, resumida en una locución a lo largo de los siglos: un zapatero no debe juzgar más arriba de las sandalias, que hoy resuena más fuerte que nunca aún perdiendo su raíz latina: Ne supra crepidam sutor judicaret.

Al buen entendedor con pocas palabras basta o lo que es lo mismo en “roman paladino”: ¡zapatero, a tus zapatos!, el lenguaje de Berceo (Quiero fer una prosa en román paladino, / en la cual suele el pueblo fablar a su vecino).

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El orgullo de Apeles (parábola actual)

Sevilla, 13/IX/2009

Cuentan las buenas lenguas, ¡menos mal en los tiempos que corren!, que Apeles de Cos, era un pintor griego, muy protegido por Alejandro Magno, del que no conocemos obra alguna que podamos valorar, pero que era reconocido en el orbe mundial por su “gracia” especial para reflejar la realidad griega en sus obras. Y cuentan también que una vez pronunció una frase, quizá impertinente, pero que dejaba ver a través de sus pinceles su auténtica persona de secreto: Ne supra crepidam sutor judicaret: el zapatero no debe juzgar más arriba de las sandalias. ¡Valiente atrevimiento el del zapatero! Todo, porque contemplando un día una obra suya, ya había mostrado su insolencia al hacerle un comentario, a priori constructivo, sobre un fallo en el diseño de las sandalias del cuadro. Apeles, todo orgullo, corrigió el fallo. Y cuando pensó que el zapatero ya no hablaría más, ¡zás!, vuelta a empezar. Ya no solo estaba el fallo en las sandalias, dijo el humilde zapatero, sino también en la forma de las piernas pintadas en el cuadro. No sabemos si siguió opinando sobre otras zonas del cuerpo pintado por Apeles, ante su monumental enfado. Solo que le espetó la enigmática frase que después ha derivado en otra más popular: Ne supra crepidam sutor judicaret.

Ya sabemos. Cuando se emite un juicio sobre los demás, hay que ser cautos porque Apeles hay en todas partes, zapateros también, y es probable que debamos mirar antes a nuestros pies para que no se descubra la debilidad de nuestro cerebro. Ya comprendo mejor la frase popular: ¡zapatero, a tus zapatos!, porque de piernas, brazos y cabezas mal pintados, en el ámbito político, andamos sobrados todos.

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Hojas sueltas / 3. Ningún día sin escribir, aunque sólo sea una línea (en memoria de José Manuel Blecua)

Sevilla, 30/V/2026 – 08:00 h CET (UTC+2)

Ayer falleció José Manuel Blecua, exdirector de la Real Academia Española de la Lengua, un guardián de las palabras de nuestro idioma, tantas veces citado en este cuaderno digital.

Hoy, quiero hacerle un pequeño homenaje porque descubrí en él un gran principio en el arte de escribir, porque al hacerlo copiamos siempre de los autores que hemos leído a lo largo de nuestra vida y nos han marcado.

Le debo siempre esta lección bien aprendida, que deseo compartir de nuevo con la Noosfera, publicando hoy una hoja suelta de 2025. Nunca lo olvido en el momento de escribir, cuando me enfrento a la hoja o pantalla en blanco.

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Ningún día sin escribir, aunque sólo sea una línea

Sevilla, 17/VII/2025 – 18:05 h (CET+2)

He recordado hoy que hace tres años escribí en este cuaderno digital unas líneas que tienen una intrahistoria muy interesante y que para mí justifican por qué lo hago de esta forma hace ya veinte años, exactamente en 2005, cuando comenzaba esta apasionante aventura digital. En mi forma de entender la escritura circular, vuelvo a publicar aquella reflexión sobre la necesidad de escribir cada día, aunque sólo sea una línea (Nulla die sine línea), reforzando una vez más mi justificación de por qué lo hago, utilizando además este medio.

Si tuviera que explicar una y mil veces por qué escribo, creo que encontraría su justificación en una expresión atribuida por Plinio el Viejo al pintor Apeles de Colofón (isla de Cos, 352-308 a.C.), Nulla die sine línea, porque no pasaba día alguno sin que utilizara el pincel, aunque fuera solo para trazar una línea. Apeles era muy celoso de su trabajo y cuentan también que una vez pronunció otra frase, quizá impertinente, que tampoco he olvidado, pero que dejaba ver a través de sus pinceles su auténtica persona de secreto, Ne supra crepidam sutor judicaret: el zapatero no debe juzgar más arriba de las sandalias. ¡Valiente atrevimiento el del zapatero! Todo, porque contemplando un día una obra suya, ya había mostrado su insolencia al hacerle un comentario, a priori constructivo, sobre un fallo en el diseño de las sandalias del cuadro. Apeles, todo orgullo, corrigió el fallo. Y cuando pensó que el zapatero ya no hablaría más, ¡zás!, vuelta a empezar. Ya no solo estaba el fallo en las sandalias, dijo el humilde zapatero, sino también en la forma de las piernas pintadas en el cuadro. No sabemos si siguió opinando sobre otras zonas del cuerpo pintado por Apeles, ante su monumental enfado. Solo que le espetó la enigmática frase que después ha derivado en otra más popular: Ne supra crepidam sutor judicaret o, lo que es lo mismo hoy día, ¡zapatero, a tus zapatos!

También sé que Jean Paul Sartre, autor muy cuidado por mí durante mis años jóvenes, la citó en su autobiografía Les Mots, pero aplicada a la escritura, quizás buscando pintar palabras: “Escribo siempre. Que más podría hacer? Nulla dies sine linea. Es mi costumbre y, además, mi oficio”. Tengo que afirmar que ahora, en mi cumpledías diario y llegado a una matusalénica edad, que diría Benedetti, procuro escribir todos los días líneas con palabras, cada día unas líneas, motivado por muchas razones que ya he expuesto en diversas ocasiones en este cuaderno digital, aunque eche de menos la caligrafía que me enseñó mi querida maestra Doña Antonia a la que nunca olvido, cuando me cogía la mano derecha para rotular mi cuaderno de “diario”, a plumilla y tinta negra, con una maravillosa letra inglesa que sólo ella sabía trazar con su sabiduría infinita.

Hace once años justifiqué por primera vez por qué escribía. Repaso aquellas palabras, en un ejemplo claro de escritura circular en este cuaderno digital, porque sigo pensando lo mismo, fundamentalmente porque forma parte de mis principios y no tengo otros. Escribir todos los días, aunque sea tan solo una línea, tiene un misterio intrínseco a su razón de ser y existir, que deseo revelar en lo que me afecta personalmente a esta pregunta . ¿Por qué escribo? En primer lugar, porque es la forma de expresar de forma especial, con palabras, la esencia de mi persona de secreto, interpretando la realidad que rodea permanentemente mi vida de forma voluntaria pero no inocente. Ser dueño de las palabras, es el acto humano por excelencia porque es una posibilidad que solo pertenece a mi especie, aunque genere en el acto de escribirlas un miedo cerval ante la página en blanco. Cada vez que me enfrento a esta realidad, recuerdo algo que aprendí hace ya muchos años de Ítalo Calvino en su obra póstuma “Seis propuestas para el próximo milenio”: “…es un instante crucial, como cuando se empieza a escribir una novela… Es el instante de la elección: se nos ofrece la oportunidad de decirlo todo, de todos los modos posibles; y tenemos que llegar a decir algo, de una manera especial” (Ítalo Calvino, El arte de empezar y el arte de acabar).

En segundo lugar, porque considero que escribir es un acto de militancia activa en el compromiso intelectual, por varias razones: el mero hecho de cuestionar la existencia de uno mismo al servicio estrictamente personal, es decir, el trabajo permanente en clave de autoservicio, así definido e interpretado, rompiendo moldes y preguntándonos si lo importante es salir del pequeño mundo que nos rodea y mirar alrededor, ya es un signo de capacidad intelectual extraordinaria que muchas veces no está al alcance de cualquiera por imperativos del mercado. Desgraciadamente. Además, porque al escribir se hace patente el compromiso con uno mismo y con los demás, fundamentalmente con los más desfavorecidos por la vida. Siempre lo he asociado con la responsabilidad social, porque me ha gustado jugar con la palabra en sí, reinterpretando la responsabilidad como “respuestabilidad”. Ante los interrogantes de la vida, que tantas veces encontramos y sorteamos, la capacidad de respuestabilidad al escribir (valga el neologismo temporalmente) exige dos principios muy claros: el conocimiento y la libertad. Conocimiento como capacidad para comprender lo que está pasando, lo que estoy viendo y, sobre, todo lo que me está afectando, palabra esta última que me encanta señalar y resaltar, porque resume muy bien la dialéctica entre sentimientos y emociones, fundamentalmente por su propia intensidad en la afectación que es la forma de calificar la vida afectiva. Libertad, para decidir siempre, hábito que será lo más consuetudinario que jamás podamos soñar, porque desde que tenemos lo que he llamado a veces “uso de razón científica”, nos pasamos toda la vida decidiendo. Cuando tienes la “suerte” de conocer las interioridades del dilema al escribir, ya no eres prisionero de la existencia. Ya decides y cualquier ser inteligente se debe comprometer consigo mismo y con los demás porque conoce esta posibilidad, este filón de riqueza. Aunque nuestros aprendizajes programados en la Academia no vayan por estas líneas de conducta. Cualquier régimen sabe de estas posibilidades. Y cualquier régimen, de izquierdas y derechas lo sabe. Por eso lo manejan, aunque siempre me ha emocionado la sensibilidad de la izquierda organizada o la de “los de abajo” que dicen ahora.

En tercer lugar, porque me transforma y renueva continuamente el alma, porque podemos escribir la historia mejor y jamás contada pero, si le falta alma, no es nada (1): “Y eso el lector lo nota. Intuye que a esa perfección le falta algo”. Se llama corazón, alma, un texto en el cual se nota si el autor se ha enamorado de su libro más allá de las ideas que quiere contar”. Y me reafirmo en lo que ya he expresado en los últimos años sobre escribir con el alma, tal y como lo estoy haciendo ahora: “Esto me ha pasado a mí. Me he enamorado de mis libros y estoy viviendo esos momentos en los que mi alma está pendiente de todo, para que no falte nada a las personas que quieres y a las desconocidas que van a captar esos sentimientos y emociones que adornan siempre la inteligencia conectiva que escribe, que se expresa desde dentro de cada autor, siendo Internet un medio poderoso y lleno de recursos para difundir este momento mágico, dando la razón a San Agustín cuando escribía en un perfecto latín un constructo que me ha acompañado siempre: bonum est diffusivum sui (el bien, se difunde a sí mismo). O lo que es lo mismo: la buena literatura, escrita con alma, se difunde a sí misma. Todavía más, con la ayuda de las tecnologías y sistemas de información, porque se construye y difunde con la inteligencia digital, cada día más al alcance de muchas personas que saben qué es escribir con el alma de la pasión.

Después de muchos años de oficio vital, a diferencia del de Jean Paul Sartre, creo que comprendí qué significa escribir cuando leí a Pamuk en su memorable discurso en el acto de recepción del premio Nobel de Literatura en 2006: “[…] el secreto del escritor no es la inspiración, pues nunca se sabe de dónde viene, sino la obstinación y la paciencia. Hay una hermosa expresión turca, “cavar un pozo con una aguja”, y a mí me parece que fue inventada pensando en nosotros, los escritores. Para mí, ser un escritor significa observar con atención las heridas que llevamos dentro, sobre todo las heridas secretas de las que no sabemos nada o casi nada, descubrirlas con paciencia, estudiarlas y sacarlas a la luz para luego asumirlas y hacer de ellas una parte consciente de nuestra escritura y nuestra identidad. Ser escritor es hablar de cosas que todos conocen sin saberlo. Descubrir este conocimiento, desarrollarlo y compartirlo, ofrece al lector el placer del asombro en el recorrido de un mundo que le es familiar”. También, porque en ese acto manifestó que escribía porque solamente modificando la realidad podía soportarla. En definitiva, lo hacía para ser feliz.

José Manuel Blecua, exdirector de la RAE, dijo en cierta ocasión que al escribir copiamos siempre de los autores que hemos leído a lo largo de nuestra vida y nos han marcado. Quizá, al escribir hoy estas palabras especiales, para decir algo especial, he copiado una experiencia contada una vez por el escritor portugués António Lobo Antúnes, sobre una idea preciosa aportada por un enfermo esquizofrénico al que atendió tiempo atrás: “Doctor, el mundo ha sido hecho por detrás”, como si detrás de todo está el alma humana que fabrica el cerebro. Porque según Lobo Antúnes “ésta es la solución para escribir: se escribe hacia atrás, al buscar que las emociones y pulsiones encuentren palabras. “Todos los grandes escribían hacia atrás”.

También, porque todos los días, los pequeños, escribimos así en las páginas en blanco de nuestras vidas…, aunque tan solo sea una línea, pero con alma.

(1) http://www.joseantoniocobena.com/?p=3776

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Hojas sueltas / 2. Declaración de principios

Sevilla, 27/V/2026 – 11:17 h CET (UTC+2)

La hoja suelta que publico hoy, es la primera declaración de principios que hice el 11 de diciembre de 2005, primer día de vida digital de este cuaderno-blog, en la que me comprometí no olvidarla cada día al enfrentarme a la hoja en blanco y para que fuera siempre su hilo conductor.

Pasados veinte años de esta experiencia vital, compartida estadísticamente hasta hoy con más de dos millones y medio de lectores y lectoras, soy consciente de que estas entregas a la Noosfera han sido fiel reflejo de mi compromiso para destejer las tramas de cada día, con el objetivo de compartir este trabajo de rueca digital, en un mundo al revés, escribiendo en páginas en blanco de este cuaderno digital como si cavara un pozo con una aguja, tal y como lo aprendí de Orhan Pamuk,a través de unas palabras pronunciadas en el discurso del acto de entrega del Premio Nobel de Literatura 2006: Escribo porque solamente modificando la realidad puedo soportarla, […] escribo para ser feliz.

Gracias de nuevo, lector o lectora, gracias por haberme acompañado hasta aquí a lo largo de estos veinte años, camino ya de los veintiuno. Lejos de pararme, sigo haciendo camino al andar. Con tu quiero y mi puedo, recordando a Mario Benedetti y a Ricardo Cantalapiedra, obligatoriamente obligado a seguir comprometido con el mundo de todos (Rafael Ballesteros, dixit) y guardándome lo que entiendo por verdad, porque sigo buscándola junto a la de los demás, como homenaje personal, diario, a mi paisano Antonio Machado.

Gratitud plena, siempre gratitud.

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Declaración de principios

Sevilla, un lugar de Andalucía (España), 11 de diciembre de 2005 [actualizado hoy]

Inicio una etapa nueva en la búsqueda diaria de islas desconocidas. Internet es una oportunidad preciosa para localizar lugares que permitan ser sin necesidad de tener. La metáfora usada por Saramago en su obra «El cuento de la isla desconocida», será una realidad cuando ante el fenómeno de la hoja en blanco, teniendo la oportunidad de decir algo, ésto sea diferente y sirva también para los demás. Entro por la Puerta del Compromiso (citada en el cuento). Es lo que aprendí también, hace ya muchos años, de Ítalo Calvino en su obra póstuma «Seis propuestas para el próximo milenio»: «…es un instante crucial, como cuando se empieza a escribir una novela… Es el instante de la elección: se nos ofrece la oportunidad de decirlo todo, de todos los modos posibles; y tenemos que llegar a decir algo, de una manera especial» (Ítalo Calvino, El arte de empezar y el arte de acabar).

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Hojas sueltas / 1. Ideología para transformar la sociedad, ¿por qué te vas?

Sevilla, 24/V/2026 – 09:56 h CET (UTC+2)

Inicio una nueva serie bajo el título “Hojas sueltas”, que corresponden a páginas escritas en este cuaderno digital a lo largo de veinte años y que he escogido en este tiempo de silencio en el que vivo en la actualidad, recordando reflexiones y mirando siempre hacia adelante, tal y como lo aprendí hace ya muchos años de Federico García Lorca, en “Así que pasen cinco años”, para mí veinte: hay que recordar hacia mañana.

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Ideología para transformar la sociedad, ¿por qué te vas?

Sevilla, 29/II/2020

Estamos atravesando una crisis importante de ideologías. No son inocentes y cualquiera no sirve para transformar el mundo y hacerlo más habitable, más amable y más confortable para todos. Sé que cuando se habla de esta realidad interior, personal o colectiva, rápidamente se nos tacha de utópicos equivocados de siglo. No lo percibo así, más aún cuando defiendo una ideología de marcado carácter social que ayuda a cambiar ese mundo que no nos gusta, a veces tan próximo que incluso nos asusta.

Navegando en esta patera frágil de la vida, en la que suelo embarcar a diario, suelo recurrir a un recurso barato (no está en el mercado), que es soñar despierto, creando historias imaginables e incluso reales como la vida misma. Vivo rodeado de personas que sueñan con un mundo diferente, porque no les gusta el actual, porque hay que cambiarlo. A mí me gusta ir más allá, es decir, el mundo hay que transformarlo. Pero surge siempre la pregunta incómoda, ¿cómo?, si las eminencias del lugar, cualquier lugar, dicen que eso es imposible, una utopía, un desiderátum, como si ser singular fuera un principio extraterrestre, un ente de razón que no tiene futuro alguno. No me resigno a aceptarlo y por esta razón sigo yendo con frecuencia de mi corazón y sueños a mis asuntos, del timbo al tambo, como decía García Márquez en sus cuentos peregrinos, buscando como Diógenes personas con las que compartir formas diferentes de ser y estar en el mundo, que sean capaces de ilusionarse con alguien o por algo. De soñar creando, porque los ojos, cuando están cerrados, preguntan.

Estas razones anteriores me han recordado una pregunta que hice en un post que escribí en este cuaderno digital en 2015, Ideología, ¿por qué te vas?, que vuelvo a publicar a continuación. Creo que mantiene su vigencia en su fondo y forma. Tenemos derecho a soñar despiertos y las ideologías de izquierda siguen siendo imprescindibles para transformar este mundo que a muchos no nos gusta.

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Ideología, ¿por qué te vas?

Tengo asociada esta pregunta a la escena de Cría cuervos, excelente película de Carlos Saura, que se estrenó el año que murió Franco, en la que Ana (Ana Torrent) la bailaba con sus hermanas. Es probable que los censores no comprendieran el trasfondo de la película que jugaba con el retrato político de España en esos momentos. La he recordado hoy al conocer la investigación científica que se ha desarrollado por la Universidad de Washington en la que se ha descubierto que los cuervos aprenden cuando a un miembro de su especie no le van bien las cosas: “La presencia del cuervo muerto podía decir a los otros pájaros que un lugar es peligroso y debería visitarse con precaución. Los graznidos ruidosos que emiten los pájaros podrían ser una forma de compartir información con el resto del grupo”.

Me ha parecido una metáfora que se puede aplicar a las personas y sus creencias políticas que se ausentan de nuestras vidas y de nuestros proyectos vitales e ideológicos, donde nadie es imprescindible, aunque a veces sí necesarios, porque los seres humanos pertenecemos a ese club selecto de atención a lo que ocurre alrededor de la muerte y sólo nosotros sabemos qué ocurre cuando desaparecen las ideologías. Deberíamos aprender de esta situación y de sus circunstancias, por qué no están, por qué se fueron o los echaron, por qué les corrompió la política y murieron para la decencia y la dignidad y por qué no dejan pasar a personas más jóvenes, más dignas, que saben cambiar las cosas en este momento en el que hay muchas cosas que cambiar. Así podríamos compartir la información veraz con los miembros de nuestros grupos humanos más queridos, para no volver a pisar caminos que no se deben andar.

Cualquier parecido de esta reflexión política con la realidad actual, no es como en el cine pura coincidencia. Aunque recuerde ahora a Carlos Saura escuchando esta canción de Jeannette como telón de fondo de una situación de España que como a él, en 1975, me agrada cada vez menos. Es la ideología, pero ¿por qué se va?

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